En una democracia republicana como la que gozan los argentinos desde hace más de tres décadas, hay una persona elegida mayoritariamente por la ciudadanía como jefe de Gobierno con una autoridad única para administrar a la Nación durante el período constitucional. Desde el punto de vista idiomático se puede discutir que la investidura es un acto reservado a los monarcas, pero en un Estado de derecho como el nuestro, el concepto de origen latino de la investidura presidencial significa que el cargo está por encima de la persona.
Esta introducción es válida para poner las cosas en su lugar frente a la representatividad soberana ejercida por el presidente Mauricio Macri y por ende la necesidad de mantener un equilibrio ante la crítica que puede generar sus acciones de gobierno que no alcancen las expectativas de ciertos sectores. Más si se trata de réplicas de opositoras a la que le cabe su derecho al disenso, siempre que sea cuidadosa en la forma de polemizar, sin la agresión y el exabrupto chabacano amparado por la libertad de expresión.
Ninguna descalificación personal puede llegar a buen término y más grave si va dirigida a quien recibió un mandato de la ciudadanía, fundamentalmente por una convocatoria política aceptada por un consenso materializado en las urnas. Por eso son condenables las palabras del titular de la CGT Azopardo, Hugo Moyano, quien en medio de la polémica por la ley antidespidos vituperó: ‘Macri entiende menos de política que yo de capar monos”.
El líder camionero recurrió a una frase soez tal vez para alegría del activismo sindical, pero absolutamente reñida con la seriedad y ecuanimidad conferida por sus afiliados convencidos en su capacidad dirigencial y sentido común. Es más, Moyano queda en ridículo porque Macri algo debe saber de política porque ganó la Presidencia de la República, la Ciudad Autónoma y la provincia de Buenos Aires. Más lamentable estos dichos cuando ayer Macri dijo entender el dolor y el enojo de la gente por los aumentos y se comprometió a recorrer con cautela el camino de recuperación de una economía cerca del colapso. Una posición política incuestionable.
Pero es el sistema presidencialista el que importa porque no hay cargo de mayor significación institucional que aquel desde el cual se ejerce de manera unipersonal el Poder Ejecutivo de la Nación.
