La confluencia de una recóndita espiritualidad con un preclaro intelecto y una acuciante vocación, da por consecuencia el forjamiento de una exaltación humana que deriva, en el ser que la ostenta, en una extraordinaria individualidad, contada entre muy selectas minorías que, de por sí -aún sin la afinidad del mundo y sin necesidad de anuencias ni reconocimientos- ya nacen para ser engastadas en un pedestal de inmortalidad.

Así, de esa manera no fortuita ni accidental, sino preparada por la Naturaleza en una génesis de biodeliverada selectividad, se consustanció en el doctor René Favaloro la unicidad de su exquisita personalidad, tomada la expresión "exquisita” como única que acomoda, ajusta y califica a tan espléndida personalidad.

La grandeza y sensibilidad infundidas por Dios en el alma de Favaloro, no son comunes en el Hombre, ya que esas virtudes trasuntan vigor de vida en plenitud, mantenido en el silencio profundísimo de una esencia elevada a su potencia mayor, volcada al humanitarismo sin concesiones para sí misma: "Rara avis” dentro del género de los homínidos al cual pertenecemos.

La modestia congénita de Favaloro tenía mimetismo con la humildad de su origen. Otros grandes hombres provinieron también de cuna humilde, por lo que es dable conjeturar que desde allí, desde esa procedencia, atravesando umbrales de sacrificios, se comienza a acrisolar la superior presencia de un ser incontrastable que luego vendrá a nosotros. Favaloro nos llegó para hundirse, estremecerse y mezclarse -sin contaminarse- entre los "paneles” de una sociedad farisaica, para promover esa nuestra actitud mundana y sacudir el polvo de nuestros añejos estares de criaturas de adormecida sensatez.

Toda la entelequia que pueda producirse en un ser racional se había configurado en Favaloro: La complexión de una realidad íntegra, alcanzada y verificada por un palmario contraste entre su magnífico yo y la vulgaridad impregnada en la gente, lo hizo único e irrepetible.

Creemos que hoy, a diez años de su desolada muerte, no se le ha dado a su figura el relieve que merece. Ha habido un relajamiento de su memoria, volviéndola subliminal, en un olvido lamentable en el que prima una desestimación de los valores históricos de la sociedad, por incuria en el hacer, en el decir, y sobre todo en el pensar, que es principio de acción.

El hombre que dijo reconocer aristocracia únicamente en las neuronas, en vida fue desposeído de derechos honorables cuando los medianejos ponían su mano negra sobre el rostro de la integridad, encarnada la misma en quien era el mayor de los mayores entre sus iguales: Como hombre diáfano sufrió la posposición que le hicieron los ineptos, aquellos que, en su pequeñez con ínfulas de importancia, dieron por el suelo con su abierta fe de justo.

El doctor René Favaloro, que anhelaba luz en el espíritu de sus semejantes, ido mucho más allá de su intrínseco altruismo, por voluntad de sí mismo y con presura de desengaño, decidió marcharse cabal, cumplido y perfecto, humanizado como nadie, idealista como nadie, con su señorial excelencia merecida de todo aquello que, en reconocimiento y honor, se propicia como investidura tan sólo a los predestinados, escogidos por Dios para lograr la gloria.