Como cuando limpian la escena para que no queden rastros indecentes, habían aplicado el golpe feroz de la motosierra y el viejo y noble níspero sólo mostraba desde el ras del suelo, donde él había sido fortaleza y frutos, un redondel de madera seca, restos de la pista de un circo donde habían danzado la indiferencia y la muerte.
Hace unos meses alerté en una nota sobre el peligro que asechaba a ese árbol que seguramente había nacido con el Parque y que lentamente estaba muriendo por falta de cuidados, sobre todo de agua.
Traigo a la memoria las palabras que escribiera sobre él: ‘Hoy volví a sentarme en el mismo lugar, terminada la faena, y retornó a mi mente la vivencia del verano pasado. Había terminado de correr en el Parque, la noche era muy calurosa; me senté debajo de un frondoso árbol y al elevar la vista hacia él se me vino encima casi toda la niñez’.
El añoso níspero acompañó las aventuras de aquellos niños que fuimos, y nos acarició la boca con sus frutos ácidos logrados en años de carencias y utopías. Frente al Lawn Tenis, camino al Inca Huasi para estrenar con el ‘Conde’ Vera, recién llegados de la escuela, estaba como un abrazo verde del viento -estatua donde los pájaros hacían posta para endulzar la tarde-.
Miro casi destruido los restos de aquella epopeya simple de nuestros días de antaño y no puedo dejar de compararlos con la muerte de tantos niños en el desamparo, que para los responsables sociales puede ser un alivio sepultarlos pronto para que la denuncia de sus pies descalzos no haga más ruido. La indiferencia nos desfiguras como sociedad, nos condena como seres humanos. Tremenda debe haber sido la sorpresa de algunos gorriones que esa tardecita volvieron a acompañar con sus murmullos sus crujientes brazos heridos y se encontraron con una lápida de madera arrasada donde la muerte se proclamaba triunfal. Paulatina y trágicamente vamos abandonando al costado los recuerdos. Cotidianamente vamos acomodando en fosos la indiferencia por el prójimo. Los árboles que mueren por nuestro abandono son llagas que pueden complicarnos el alma, contaminarnos los sueños. Pero también es cierto que la reiteración de estos hechos pueden acostumbrarnos al horror y la desesperanza.
Si no fuera porque no soy afecto a los símbolos que podrían confundirse con alguna demagogia, ya hubiera clavado una crucecita en el centro de ese redondel donde la vida hoy es vacío, enorme ‘nada’. Pero no, la dejaré clavada en algún costado de mis sentimientos, donde presumo ha de tener más vida que en la calle.
