"... abracé la humilde guitarra de negra y lustrosa tapa, como se abraza por primera vez a la mujer amada y le pedí el primer retoño...".

Casi niño, esa tardecita abracé la humilde guitarra de negra y lustrosa tapa, como se abraza por primera vez a la mujer amada y le pedí el primer retoño. Y de pronto la luz se hizo. No hay que proponérselo. Crear debe ser un imperativo del corazón para que la inspiración resulte, sea legítima. Crear no es un esfuerzo, es un placer, una necesidad del espíritu que nos interrumpe de pronto las manos cotidianas con un suceso mágico. Aunque al primitivo producto luego haya que pulirle las aristas, el alumbramiento primero contiene al hijo. 


"Muchas veces he tenido deseos tremendos de escribir algo, pero me ha resultado imposible", suele confiarnos algún amigo. He aquí el supremo secreto de la creación: no es suficiente la ansiedad de expresarse; sólo es válida la obra creativa que puede diseñarse en esos indefinibles momentos de iluminación o inspiración. Palabra mágica ésta. Misterio indescifrable saber de qué se trata, desde donde llega, por qué razón en esos momentos somos más lúcidos, fecundos, encandilados. Entonces, es justo decir que el deseo de crear queda en un salto frustrado, un deseo imposible, si las musas no nos han asistido.


Pocos años tenía cuando pude escribir algo que alguien me dijo servía, que era un poema aceptable. Adolescente era, cuando compuse la primera canción, una zamba que llamé "Mi tarde". Ahí no más, al poquito trecho, cuando me di cuenta que podía, nacieron "Recordemos" y "Sola", zambas de una de las más fecundas épocas románticas del folklore, gracias a las cuales fui agraciado con gran reconocimiento nacional. La inocente "Mi tarde" fue el primer hijo del alma. Con el temblor de lo desconocido, me adentré en el territorio de la creación y cuando me encontré con ella me pareció que había compuesto una obra de valor. Seguramente no fui entonces objetivo. La emoción del primer parto cancionero no me dejó. Sin embargo, hoy, a los años, cuando tomo la guitarra y entono esa zamba, me parece que tiene un valor y bien podría interpretarla entre la obra más madura. Así son estas cosas. Creador se es desde siempre o no se es. Nadie puede asegurar que el paso de los años perfecciona la creatividad, ni que ellos desgasten nuestra imaginación. Es posible que una canción noble jamás sea superada, ni siquiera igualada, aunque por nuestras manos pasen años luz de creación. O que, de golpe, descubramos la composición cumbre, cuando todo indicaba que habíamos dado todo. Las musas siempre están. Hay que esperar el abrazo. Siempre se aguarda la mejor obra, como siempre se acecha la estrella lejana, perseguimos quimeras. Nadie sabe si llegará. Eso no me tortura, porque en un extraño día de hace muchos años compuse una zamba sencilla, que -simplemente- me aseguró que, entre los pasos cotidianos, podía fundar pequeños firmamentos del alma.