Al recordarse el día internacional de esta enfermedad, se conoció una nueva investigación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cincinnati, EEUU, que concluyó que los ACV ocurren a edades cada vez más jóvenes. La proporción va en aumento entre 20 y 54 años.

Desde hace varios años se sabe que el ataque cerebral es la segunda causa de muerte y la primera de incapacidad en el mundo. En Argentina se produce uno cada cuatro minutos y alrededor de 14.000 personas mueren anualmente como consecuencia de un ACV, según indicó el Ministerio de Salud de la Nación. Se sabe que el ACV es ya una epidemia cuyas proporciones no sólo se miden en el drástico impacto que puede tener sobre la vida y el bienestar de los pacientes y de sus familiares, sino también por la carga que implica para los sistemas sanitarios.

Un trabajo firmado por el investigador argentino Luciano Sposato exhibe otra cara de este escenario epidemiológico: por primera vez demuestra, estadísticamente, que los países más pobres y los que menos proporción de su PBI invierten en salud son los que tienen una mayor incidencia y mortalidad por accidente cerebrovascular, mayor proporción de eventos hemorrágicos (causados por la ruptura de una arteria cerebral), y también aquellos en los que el ACV se presenta a edades más tempranas. Pero si alguien se asusta del panorama actual, debería echarse un vistazo a lo que nos espera en el futuro.

Según los especialistas internacionales, las actuales cifras de enfermos por ACV se triplicarán hacia fines de 2020 como consecuencia de un aumento en la expectativa de vida y la falta de planes de prevención. El ACV es una afección causada por la pérdida de flujo sanguíneo cerebral (isquémico) o por el sangrado (hemorrágico) dentro de la cabeza y cualquiera de las dos situaciones pueden provocar que las neuronas se debiliten o mueran ya que, sin oxígeno, las células nerviosas no pueden funcionar. Las partes del cuerpo controladas por las regiones del cerebro afectadas dejan de funcionar y los efectos de un ACV suelen ser permanentes.

Urge educar en la prevención. Por medio del reconocimiento temprano de los signos de un ataque cerebral y la búsqueda inmediata de atención médica, se pueden reducir las posibilidades de muerte y discapacidad.