El presidente estadounidense Barack Obama apenas si tuvo un par de horas para celebrar la aprobación y promulgación de la ley de reforma de salud impulsada por él, ya que comenzó la feroz batalla de la oposición republicana para trabarlo en el frente judicial. El mayor cambio que este país encara en su ineficaz y costosa política de salud tropieza ya con la amenaza de planteos judiciales en por lo menos 12 Estados.

La principal objeción apunta contra la obligación que impone el proyecto de contratar un seguro médico privado, bajo la amenaza de una eventual multa contra aquellos que, pudiendo hacerlo, se abstengan de adquirirlo. Una gran polarización legislativa llevó a que se obtuvieran 219 votos a favor y 212 en contra. Un margen de apenas siete votos para decidir el destino de un proyecto que afecta a más de 200 millones de personas. Antes de la votación final, una encuesta de la consultora Gallup reveló que la mayoría de los estadounidenses cree que la medida empeorará las cosas para el país y para ellos.

Más de un año de debates han desgastado tanto los contornos del proyecto inicial, del que se ha conservado apenas el esqueleto, como el impulso político del presidente Obama, que en el mejor de los casos tendrá que contentarse con decir que ha tenido que pagar el doble de lo que esperaba para obtener menos de la mitad de lo que hubiera querido. La cuestión de fondo seguirá probablemente sin ser resuelta.

El sistema sanitario de Estados Unidos no es viable en su actual diseño, y no sólo porque resulte inmoral que una sociedad desarrollada mantenga en el mayor de los desamparos a millones de ciudadanos a los que se obliga a optar entre la pobreza o la salud, sino porque la voracidad de la mayoría de las compañías de seguro lo llevará inevitablemente al absurdo. La cuestión esencial es el coste de las políticas que se plantean y a quien corresponderá sufragarlo. Por una parte, la situación económica actual aconseja a todo gobernante sensato a ser extremadamente prudente ante cualquier efecto indeseable para la economía y, por otro, el desgaste político dejará a Barack Obama exhausto.

Teóricamente le queda tiempo al presidente para intentar recuperarse hasta 2012, cuando termine su mandato, pero los legisladores demócratas podrían pagar un alto precio en las elecciones de medio término de noviembre próximo, lo que a su vez comprometería los años que le quedan a Obama en la Casa Blanca.