El hombre, desde que hace su aparición en el planeta no sólo ha vivido en conflictos sino que, por la propia necesidad de continuar sin cargas que le detengan en su proyección natural y concebida, también ha debido enfrentarlos instrumentando formas y modos para la resolución. Más allá de los avatares que nadie elige y espontáneamente se presentan como piedras en el sendero, piedras que no siempre descubrimos quien las pone ni de dónde vienen. Están las piedras pergeñadas con objetivos claros y concretos, imaginados en la pre-concepción de las distintas organizaciones de poder que existen en la extensión terrenal.

Los argentinos, no estamos exentos de soportar esta controversia que hasta cierto punto lo es, porque desde las luchas por la emancipación, hemos tolerado la imposición del conflicto que nos ha costado en muchos casos extremos, sangre y sacrificios en medio del horror por enfrentamientos con el enemigo usurpador o por cuestiones intestinas casi interminables por absurdas pretensiones de poder y por ideas divisionistas que impidieron siempre la unión de un pueblo generoso que no mereció el escarnio al que muchas veces, con variadas formas y estilos, fue sometido y vulnerado en su íntima dignidad.

En este análisis no podemos excluirnos los habitantes de este tiempo confuso donde pareciera que la evolución requiere de soluciones rápidas sin pensar, que por carecer del verdadero consenso lo que estamos haciendo y permitiendo es que se improvise. Esto no sólo no es bueno, sino que crea una sensación efímera respecto de la creación de la ley porque al recinto donde se la consagra lo han colmado de conflictos con apariencia de irreversibles.

La conveniencia del precepto,va mucho más allá de lo cuantitativo. Es el paso previo que fundamenta la concepción política y filosófica que no figura en la agenda legislativa. No existe el recinto excelso donde la palabra es reina de la oratoria y se ha perdido no sólo el fundo sino también la discusión enaltecida que eleva la palabra para que posteriormente sea acatada y respetada por los ciudadanos de la nación que deberán cumplirla con la conciencia que otorga la misma racionalidad cuando se pronuncie el precepto.

Los nuevos tiempos de la Argentina, se aferran sistemáticamente a la teoría del conflicto que si bien son formas de concepción que utilizan las sociedades, a veces suelen volverse en contra de quienes pergeñan las estrategias y tienen la desgracia de perturbar sensiblemente la vida de los pueblos y afectan la paz. Esto tampoco es bueno porque, aunque el agua suele no llegar al río y las cosas terminan resolviéndose amigablemente, otras veces es tan revuelta la ganancia de pescadores que los enfrentamientos se producen inevitablemente entre sectores que perfectamente podrían caminar de la mano construyendo en paz su venturoso devenir.

Cuando en medio de estas teorías se abren muchos frentes, no se solucionan estos planteos y se vuelven en contra de toda la sociedad. La virtud de quienes conducen los Estados es advertir a tiempo sus nocivas consecuencias para instalar el diálogo fecundo, descubrir los caminos de unidad y comprender que las sociedades siempre colaboran generosamente cuando reconocen la justicia y el bien común.