El hombre pierde sus límites propios y los que le da el grupo social en su conjunto; las normas de conducta que lo contienen y le dan una vida más plena y profunda. Cuando esa realidad vertiginosa se vuelve moneda cotidiana, se nos presenta como un rostro hermético que no encuentra explicaciones. Nos hallamos sin duda, ante la sociedad extrema. Pierde la idea de identidad y de pertenencia y subyace en un mundo oscuro, cuyo único camino parece ser la insondable violencia.

No se trata de un clima repetitivo que nos muestra las imágenes de los medios de comunicación sino de un verdadero orbe interior caótico, que ya no distingue edades, profesiones, oficios y sexo. En ese conglomerado conviven los rectos de juicio y aquellos que desquiciados por múltiples factores realizan hechos que fluctúan entre la locura y la crueldad más manifiesta.

Si ese panorama no cambia y la sociedad extrema avanza, se piensa en el futuro de las nuevas generaciones, en los ejemplos distorsionados que reciben y en la mayoría de las ocasiones en los actos iracundos que son obligados a cometer o los lleva su personalidad sin perfiles. El modelo humano franco, cordial, digno y respetuoso se pierde en un ser sin entrañas ni propuesta e ideas.

Las generalizaciones son peligrosas: no todos pertenecen a ese ámbito exaltado pero son empujados por otros a acceder a situaciones innobles donde el hombre se desdibuja en su esencia y pasa a ser un robot manejado por otros con perversas intenciones basadas en el miedo, la presión y el contagio o imitación de acciones poco fructíferas más bien aterradoras.

Si la muerte no se vuelve vida y la semilla no fecunda, la sociedad extrema nos lleva al derrumbe personal, a un estado de abandono que no debe avanzar sino ser superado por proyectos esperanzadores. Si no se piensa así, las ideas germinadoras del odio nos abaten, nos corrompen, nos empujan a un abismo íntimo que nos detiene como país.

El hombre funda su territorio en el reconocimiento de sí mismo y de su comunidad, en la trascendencia que implica el esfuerzo del trabajo cotidiano, la cultura de la higiene y seguridad, las convicciones espirituales y morales. La sociedad extrema no debe llevarnos a provocaciones, enfrentamientos estériles.

Desde el centro de sí mismo el hombre debe comprender la profundidad de su destino y derramarlo como bálsamo de paz entre los suyos brindando a su vez una imagen cabal que se proyecte al exterior y ponga en la cima del mundo a un pueblo argentino fuerte y solidario.