De la misma manera que aumenta en el mundo el índice de esperanza de vida -en algunos países ya pasó de los 83 años-, los medicamentos especializados, en particular los destinados a luchar contra el cáncer, han disparado sus precios a nivel internacional siendo particularmente onerosos para los sistemas de salud por el desequilibrio que implica la atención a sectores sin cobertura asistencial.
Quien ha encendido las luces de alarma es la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), tras realizar su estudio comparativo de la salud y la sanidad de sus 34 países miembros. Alerta el organismo que un 53% del incremento del gasto farmacéutico en Norteamérica y un 94% en Europa entre 2013 y 2018 se destinará a medicamentos
especializados, un gasto que en 2012 únicamente suponía el 1% del total de recetas.
Es así que los gastos farmacéuticos en las naciones miembros de la organización llegaron a los 800.000 millones de dólares en 2013, alrededor del 20% de los recursos financieros destinados a la salud, con una media anual de 515 dólares por habitante, lo que representa un 1,4% del Producto Bruto Interno (PBI) global. En términos absolutos, los estadounidenses son los que más dinero destinan a medicamentos (1.026 dólares), seguidos de lejos por los japoneses (752) y los griegos (721), mientras en el otro extremo se sitúan Luxemburgo (364), Polonia (326), Israel (287), Estonia (273) y Dinamarca (240).
El gasto sanitario social y de la población en general que alarma a la OCDE tiene, por otro lado, la repercusión en el aumento de las expectativas de vida en los países involucrados, que en conjunto promedia los 80,5 años y liderado por Japón que supera a todos con 83,4 años. La esperanza de vida ha subido en más de 10 años desde 1970 y actualmente progresa a una media de tres a cuatro meses al año, aunque algunos Estados aparecen rezagados en esa tendencia, en particular México y Estados Unidos.
Según los analistas, en el caso mexicano pesa una serie de comportamientos perjudiciales para la salud, como la mala alimentación, cuyo corolario es una tasa de obesidad muy elevada (un 32,4% de la población adulta, la segunda más alta tras la de Estados Unidos. Este último es una toda una paradoja, tiene el mayor gasto en medicamentos y también una alta desprotección de una parte de la población por lo que no se debe pensar que el estado de salud depende de la inversión que demanda la atención hospitalaria.
