Hoy se recuerda el ingreso de Jesús en Jerusalén, aclamado por la multitud. Pero este clima de fiesta será opacado el Viernes Santo por la sombra de la traición. Mientras el pueblo recibe a Jesús que entra en la ciudad montado en un asno, como símbolo de humildad y mansedumbre, los Jefes traman contra él, con la complicidad de uno de los discípulos: Judas. En un breve lapso de tiempo, esa muchedumbre que hoy lo aclama, pedirá la condena de Jesús en la cruz, y sus discípulos lo dejarán solo. La comunidad cristiana ha conservado siempre la memoria de estos hechos que son un cuestionamiento para todos. Nadie puede presumir de sí mismo, porque también un seguidor, uno que el Señor ha elegido como amigo, puede traicionar. Ya lo había advertido el Jueves Santo durante la última Cena: "uno de ustedes me traicionará”. Las miradas se entrecruzaron, y los rostros mostraban confusión e indignación. Luego se dio la pregunta imbuida de duda: "¿Seré yo Maestro?”. No obstante la traición, Jesús lo considera un amigo elegido para que estuviera con él. Él nunca traiciona a los amigos, sino que siempre se dona, incluso a quienes por su perversión le dan la espalda.
Judas trata con los enemigos de su Maestro y acuerda las indicaciones para entregarlo. Pero Jesús no puede ser objeto de tratativas, acuerdos o "negocios”. Detrás del gesto traidor no es posible imaginar una causa noble. Cualquier tentativo naufraga miserablemente ante la pregunta infame: "¿Cuánto me quieren dar si se lo entrego a ustedes? La respuesta es el resultado de un frío cálculo: "Lo fijaron en treinta monedas de plata”, es decir, el precio de un esclavo. Treinta monedas es el estipendio sangriento del pecado. No queda más que esperar el momento oportuno: "Desde aquel momento Judas buscaba la ocasión propicia para entregarlo”. A lo largo de los siglos permanece el eco de una pregunta que ya los primeros cristianos se habían formulado con profundo desconcierto: ¿por qué un amigo llega a traicionar? Se puede realizar ese acto de bajeza por debilidad, como sucede a los apóstoles que huyeron despavoridos ante los guardias que vienen a capturar a Jesús. Pero Judas es determinante en su maldad. Es uno que ha hecho una elección precisa y radical manchada por el interés monetario en detrimento de una generosa amistad que no hace cálculos. En la auténtica amistad no debe haber fríos cálculos ni oscuros razonamientos. La alternativa puesta por Jesús siempre es interpelante: "Quien no está conmigo está contra mío” (Mt 12,30). Judas no puede seguir a Jesús porque tiene un corazón atado. Ya lo había advertido Jesús: "Quien encontró su vida la perderá, y quien pierda la vida por mí la encontrará” (Mt 10,37-39). Él no mintió ni tuvo doblez. Fue coherente, y por eso transparente. La avidez de riqueza es un obstáculo insuperable: "Nadie puede servir a dos señores, porque amará a uno y odiará al otro (Mt 6,24). Mateo advierte que la reticencia a vivir la generosidad y el desprendimiento es la premisa a cualquier traición posterior.
Quien desea estar y vivir con Jesús, tarde o temprano deberá adoptar una decisión sin ambigüedad: o con él, o contra él. También hoy, ante la traición de este discípulo suena fuerte la primer bienaventuranza de Jesús: "Felices los pobres de espíritu, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos”. Quien tiene el corazón apegado y atado a las cosas, puede traicionar en cualquier momento, y se convierte así en un personaje peligroso. La traición se consuma cada vez que se acepta mercantilizar la amistad a costa de cualquier ventaja material. Al inicio de la Semana Santa preguntémonos si somos Judas o queremos ser Jesús. Pidamos perdón por las ocasiones en que hemos traicionado la amistad de Dios y de los amigos que nos brindaron confianza. La traición es desfiguración del alma y de la belleza de Dios que es bondad sin condicionamientos.
Para el célebre cuadro de Leonardo Da Vinci, "La última Cena”, el artista tomó por modelo de nuestro Señor a un joven que cantaba en el coro de la catedral de Milán. Se llamaba Pietro Bandinelli. Leonardo se admiró de la belleza, inocencia y amabilidad del rostro de este joven, que provenían de su carácter religioso y noble. La pintura del rostro de Jesús es una obra maestra. Años más tarde, buscaba un modelo para pintar el rostro de Judas. Un día halló en las calles de Roma al hombre que buscaba. El hombre era extraordinariamente repulsivo. La maldad y la avaricia aparecían escritas en su rostro. Al llegar al estudio y comenzar Leonardo el trabajo de pintar aquel horrible rostro, experimentó una repentina sorpresa. Su pincel cayó de su mano. Reconoció las líneas de aquel rostro y le preguntó: "¿No te he visto yo antes en alguna parte?”. "Sí, dijo el hombre. Tú me pintaste en otra ocasión. Yo soy Pietro Bandinelli”. Esto da que pensar. A veces tenemos dos caras, y eso se llama traición.
