Esta es la historia del niño Ricardo Hidalgo, apodado ‘Tatita’ quien falleció durante el terremoto del 15 de enero de 1944. Después de este hecho su madre, Milagros Rodrigo, guardó en una valija todo lo que pudo encontrar de su hijo. La atesoró durante décadas en su ropero y cuando ella falleció sus hijos y sobrinos estuvieron a punto de hacerla desaparecer. Gracias a que conocimos esta historia y nuestra investigación sobre las ‘Víctimas del terremoto…’ es que también se reveló que el padre del niño era Ricardo Hidalgo, propietario, junto a Jaime de Lara, de la famosa ‘Casa Lara’, uno de sus familiares directos, su hermana, la donó al Museo de la Memoria, donde actualmente está en exhibición.

‘Esa tarde del 15 de enero de 1944, Ricardo Hidalgo, de siete años de edad, regresaba exultante. Frente a su casa, en la Plaza Aberastain, había pasado varias horas jugando con sus amigos del barrio. La pelota de trapo, sumatoria de medias en desuso, ahora, era sólo jirones. Los bolsillos del raído pantalón cortito desbordaban de bolitas ganadas ‘a la troya’. Las rodillas lastimadas más que dolor le provocaban un extraño sabor a victoria por tantos goles convertidos. Su madre, no lo reprendía. Al fin de cuentas era un niño, estaba de vacaciones y por sobre todas las cosas, era su regalón. Más que enojarse, ese pequeño la enternecía. ‘¡Mamita! ¡¡¡Ganamos!!!’. Y el inmediato abrazo entre ambos sellaba una jornada de gloria para el ‘Tatita’. Si hasta parecía que tanta alegría sólo pudiese compararse a la que sienten los grandes jugadores cuando se despiden para siempre de las canchas’.

‘Tras la merienda que reponía fuerzas, el Tatita miraba de reojo la ropa que su madre prolijamente ya le había preparado para la salida habitual de los sábados: había que visitar la Iglesia de la Merced para ver las novias que se casaban. Él pensaba en cuántas moneditas podrían llegar a sus manos cuando el padrino las arrojase al aire. A veces el padre Cruz los reprendía por el lío que generaban en la puerta de la parroquia. A él ese detalle poco le importaba. Nada se comparaba a la satisfacción de sentir en los bolsillos de su pantalón el frío metal de las monedas. La casa se inundaba con la música proveniente de la radio capilla que casi siempre tenía su dial en Radio Colón. Mientras saboreaba una rodaja de pan casero untado con manteca y rociado con azúcar, el Tatita repasaba en su mente detalles de esa tarde memorable: sus amigos del barrio y de Primer Grado Inferior de la Escuela Superior Bernardino Rivadavia lo habían nombrado capitán del equipo…

Su olor ahora era otro. El perfume a fresca lavanda en nada hacía pensar en el Tatita de un rato antes. Calzando los brillantes zapatos marrones y luciendo impecable su vestimenta sólo quedaba un detalle: su madre lo peinaría con el clásico jopito engominado. Y ahí quedó, congelada para siempre esta foto familiar de un hogar tradicional de San Juan. Un impiadoso terremoto se encargó de borrar toda felicidad sobre la tierra…’.

‘Milagros Rodrigo, como poseída y montada sobre los pesados adobes, con manos sangrantes busca entre los escombros a su niño: ‘¿Tatita, dónde estás? ¡Hijo mío, respóndeme!’. Cree llegar a su habitación. Comienza a levantar lo que va encontrando. Los envuelve en un trapo viejo y finalmente el cansancio la desmaya’.

Pasaron décadas y Milagros jamás cerró su duelo. Muchas veces, aislada de todos y de todo abría la valija donde guardaba las pertenencias de su Tatita. Los zapatos marrones, su pijama, el short de baño colorado, el ponchito de invierno, el diploma de mejor alumno de Primero Inferior… Acariciando cada uno de estos recuerdos, iniciaban un íntimo y secreto diálogo entre ambos. Estaba segura que su Tatita hoy, en la página 87 del libro de lectura, leía solamente para ella: ‘¡Madrecita! Ni la estrella más brillante,/ni la nube más rosada,/ni el juguete más preciado,/ni la flor más perfumada/ cambiaría por tus besos,/mi madrecita adorada’, de M. L. Roqués. Después, cerraba la valija y en actitud casi reverencial la guardaba en su ropero. ¡Hasta la próxima, Tatita!.