En este día, la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Quisiera detenerme inicialmente en una frase muy simple: "los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. La cita es sobre un monte. Los montes son como el dedo índice apuntando hacia el infinito. No se trata de cualquier monte, sino de uno preciso, donde él ha pedido ser escuchado para verlo y adorarlo, y recibir el poder y la misión. En los evangelios hay varios montes "teológicos” de Galilea: el de las Bienaventuranzas, en Cafarnaúm (5,1); el monte donde se retira a orar, luego de la multiplicación de los panes (14,23); el monte cercano al lago Tiberíades donde cura a los enfermos (15,29), y finalmente, el de la Transfiguración (17,1). El monte es igualmente un símbolo de la vida. Ésta se nos ha dado no para arrastrarla, sino para asumirla y transfigurarla. Es cuestión de ir hacia delante y hacia arriba. Decía el gran físico del siglo XX Albert Einstein que: "La vida es una especie de bicicleta: si querés mantener el equilibrio, pedaleá hacia delante”. La vida no se nos ha dado para comprenderla sino para vivirla. Y la vida es fascinante: sólo hay que mirarla con las lentes correctas. Pero no hay que dejar de subir, de crecer en el ascender. La mejor vista llega después del más duro ascenso. La diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario está en ese pequeño "extra”. Si te cansas aprende a descansar, no a renunciar. No olvidemos que en el arte de ascender, el triunfo no está en no caer, sino en no permanecer caído. Pero cuidado con el creer que porque se llegó arriba se puede llevar por delante a los que quedaron abajo. Cada vez que subo un escalón de triunfo debo subir dos de humildad.
Pero también en el ascenso de la vida se requiere del coraje. Para Lucio Séneca, "No es que no hagamos las cosas porque sean difíciles; más bien las hacemos difíciles porque no nos atrevemos”. Los actos que surgen del coraje nos elevan por encima de nuestras posibilidades y dan forma a nuestra vida. Curiosamente, Elisabeth Kübler-Ross considerada la principal autoridad mundial sobre el acompañamiento a enfermos terminales, dice que si se pregunta a una persona que está a punto de morir "¿qué volvería a hacer si viviera?”, la respuesta en la práctica totalidad de los casos es ésta: "Me hubiera arriesgado más”. Cuando, de nuevo, la doctora Kübler-Ross preguntaba al moribundo el porqué de esta respuesta, los argumentos que recibía se caracterizaban por el siguiente estilo de reflexión: "Porque aquello que quería hacer y no hice por miedo; o porque aquello que quería decir y no dije por pudor o temor; o porque aquella expresión de afecto que reprimí por un excesivo sentido del ridículo me parecen en este momento una nimiedad absoluta frente al hecho de morirme.
La Ascensión nos deja además otro mensaje decisivo sobre el sentido de nuestra vida. Nos recuerda que la vida es un viaje. Un día en Roma, sucedió un hecho que nos arroja mucha luz sobre este tema. La Madre Teresa de Calcuta estaba esperando a los pies de la escalinata de la Iglesia San Gregorio al Celio. Un automovilista la reconoció, se acercó y le preguntó: "Madre, ¿che aspetta?”. (Madre, ¿qué espera?). La religiosa prontamente respondió: "Aspettoil Paradiso, figliomio” (Espero el cielo, hijo mío). Así debería responder todo cristiano. Se hace una necesidad urgente testimoniar esta verdad. Hoy, muchos están convencidos que la vida termina en la nada, por eso arrastran la vida como un absurdo insoportable. La Ascensión de Jesús al cielo nos compromete a recordar que la vida no es un viaje hacia la nada, sino un recorrido que concluye en un encuentro con Dios: que será un abrazo para quien ha elegido el amor y será un rechazo para quien eligió el egoísmo. Luego de la Ascensión, los discípulos se quedaron mirando el cielo. Se les apareció un ángel que les dijo: "Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo?”. Estas palabras también valen para nosotros. El compromiso exige involucrarse. Después de su muerte, un hombre se presentó delante del Señor. Con mucha altivez y orgullo le presentó sus manos diciendo. "Señor, mira como son limpias mis manos” Pero el Señor sonriendo, pero con un velo de tristeza en el rostro le contestó: "Sí, son limpias, pero también son vacías”.
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
