Comienza un mes que siempre tuvo relevancia para el peronismo; en su calendario inscribe la máxima fiesta de ese movimiento donde el espacio militante suele definir situaciones estratégicas trascendentes. La coyuntura le posiciona en el Gobierno nacional, que vislumbra un mosaico heterogéneo excepcional que en lo doctrinario e ideológico intentará definir "’quién es el padre de la muchacha.”
Ha quedado para el análisis histórico el tiempo cuando Perón encargaba a la dirigencia la necesidad imperiosa de mantener a su Movimiento potencialmente vencedor, tal como él lo había mantenido hasta su muerte. Desde ese día, la dirigencia justicialista se preocupó por "quién” reemplazaba a Perón, descuidando el "qué”, qué era lo que se debía hacer. El "quién” por el "qué” tiene su epicentro con la primera derrota sufrida por el Partido Justicialista en elecciones nacionales, ocurrido por primera vez desde 1946, permitiendo que el Radicalismo de la mano de Raúl Alfonsín llegara a la Casa Rosada, inaugurando una nueva etapa en la vida democrática de la Nación, en 1983.
A pesar de los gruesos errores de las dirigencias y la falta de una conducción capaz de aglutinar al conjunto (ya no estaban Perón ni Eva), el justicialismo no sufrió dispersión ni confundió los fines estratégicos, motivo por el cual estuvo siempre unido en la idea pero enfrentado en la dicotomía y ambiciones desmedidas de una dirigencia que no privilegió el interés del conjunto.
Inteligentemente, Carlos Menem transmite a la militancia la seguridad de hacerse cargo de la actualización política emanada del líder. Las patillas de Menem jamás presagiaron el peinado media americana, con el que se le observó después. Significó no sólo un cambio de look a partir de asumir la presidencia de la Nación, sino que experimentó una transformación en su filosofía y modo de hacer política. Sin embargo, en esa debacle, el peronismo no se dispersó porque en ese tiempo le sostuvo la esperanza colgada ya de los fundillos del poder menemista a pesar de que caía abruptamente. A partir de ese tiempo comienza a profundizarse y a distinguirse en las discusiones internas un problema ideológico y las dirigencias políticas y gremiales peronistas entran en un debate que genera parcialidades que construyen cimentados personalismos que toman distancia cada vez más del amplio bagaje doctrinario e ideológico heredado.
El advenimiento del kirchnerismo puso el dedo en la llaga y contrario a cualquier análisis interesado, de la mano de la vocación de poder que caracteriza a esa fuerza política, construyó una conducción desde el gobierno que evitó una dispersión masiva del pueblo peronista pero que sirvió para que definiera su rol la vieja dirigencia partidaria que giraba en torno a Eduardo Duhalde. El mismo día de su asunción, en 2003, Néstor Kirchner se ataba las manos con un discurso sorpresivo pero que cumplió todos y cada uno de los pasos propuestos desde el Congreso de la Nación. Sólo los entendidos podrán decir, que sin nombrarle a Perón, Kirchner fue el mejor discípulo en los hechos. Hoy, Cristina Fernández, es fiel reflejo de su esposo pero sin la sutileza de los viejos políticos cuando golpean espaldas. Ella tiene la franqueza femenina de la palabra directa que fastidia en política, pero que en medio de muchos ataques y agravios, se ha definido en el principismo de su esposo Néstor y sabe, que el 17 próximo quedará definido la primer dispersión concreta del otro "peronismo” que ideológicamente marcará el distanciamiento con nombre y apellidos. Este 17 tendrá dos alternativas que se medirán en un proceso cuantitativo en las plazas pero que erigirá los conceptos doctrinarios sustanciales entre unos y otros, con tan solo la semejanza de que a ambos nucleamientos adhieren la mayoría de los sindicatos, aunque divididos hoy.
"QUEDA para el análisis histórico el tiempo cuando Perón encargó a la dirigencia la necesidad imperiosa de mantener al Movimiento potencialmente vencedor, como él lo mantuvo hasta su muerte.”
