Para la matemática, estrategia es un conjunto de reglas que aseguran una decisión óptima en cada momento. Y éste es un concepto significativo y que se puede poner en práctica en otras actividades relevantes, que hacen al bien común, como son las decisiones de los gobernantes en políticas de Estado.

Pese a que la Argentina cuenta con planificadores, tanto en la función pública como en otras muchas actividades, la ciudadanía observa con preocupación cómo las cosas puntuales a veces nublan el horizonte del país, y los objetivos de largo plazo se postergan o directamente se olvidan. Es decir, no se advierten conjuntos de reglas -estrategia- cuyo objetivo sea mejorar situaciones respetando los principios republicanos dictados en el marco constitucional y esto se traslada a la convivencia en la rutina cotidiana del hombre común.

En medio de las desazones o desconciertos sociales, el hombre busca racionalidad porque la razón es el camino para llegar a algo concreto, entendible y de respuestas seguras a más de un interrogantes vital. El hombre moderno puede llegar a padecer situaciones como consecuencia de que no se ha acudido a la racionalidad como al piloto de la estrategia que esté haciendo falta en distintos sectores sociales.

Por el contrario, no se piensa en estrategias sino en la validez de una medida o una acción y hay una correspondencia natural entre ambas situaciones porque, en definitiva, el hombre es el gran regulador. Es decir, el ser humano mide, ajusta las reglas y ordena los asuntos para alcanzar determinados objetivos relacionados con su vida, objetivos que se perfilan en el adelanto, el perfeccionamiento y o el desarrollo. La cuestión es no caminar ciegos por la vida. Saber que si bien cada uno está atado a ciertos códigos de la convivencia está libre para sus estratégicas acciones, aquellas capaces de llevarlo a buen puerto.

Se vive una actualidad comprometida, y no solo en nuestro país sino en otras naciones, donde los problemas que se suscitan inesperadamente dejan al descubierto las imprevisiones. El terremoto de Chile es ejemplo de los imponderables naturales que, por imprevisibles, también deben estar incluidos en la organización social para actuar con la rapidez que exige la emergencia. Sin embargo los hechos indican que hasta un país potencialmente bien ordenado, quedó preso de la impotencia.

Las lecciones que nos dan los acontecimientos puntuales, advierten que debemos avanzar con la certidumbre que necesita una nación en desarrollo.