Hace unos días, se conmocionó mi barrio. Cámaras, movileros, fotógrafos y curiosos, se había arremolinado frente al modesto negocio de quiniela que está sobre la calle Echeverría. ¡Había vendido el Quini! Una bolsa de más de 7 millones había ido a parar al bolsillo de algún vecino, o tal vez un no vecino. ¿Quién sabe? Es probable que nunca se sepa.
"¿Cómo es que la fortuna había estado a 50 metros de casa y nunca se nos pasó por la cabeza jugar un numerito allí?”
En esas reflexiones estábamos, cuando de pronto hizo luz un recuerdo muy nítido, salido desde lo más profundo de mi memoria: una vez la suerte me sonrió y fui inmensamente feliz. Fue cuando niño, muy niño, con 7 u 8 años.
En el kiosco del "Aroca”, en la Esquina Colorada, comprábamos las figuritas con las que nos trenzábamos tardes enteras jugando "al punto”, o a la "quemadita”, al "espejito”, etc. El máximo desafío era ir al "coliche”. O sea, al todo o nada. Recién quedabas eliminado al perder todas la figuritas, quedando solamente dos finalistas, los que jugaban a muerte.
Pero mi pasión era llenar el álbum…ese sueño del pibe. Vieja estratagema de los dueños del juego, para atraer al piberío. El premio solía ser una pelota, pero ¿quién la ganaba? Era muy difícil. Llenabas casi todo el álbum, con todos los equipos del fútbol profesional, y con cada uno de sus jugadores, pero siempre te faltaba uno, o dos, que "nunca salían”. Recuerdo el caso de Guidi (Lanús), Clariá (Atlanta), y Alvarez, (Central Córdoba). Eran muy difíciles, por no decir imposibles. El que las tenía las cotizaba como oro. Las otras… no tenían acaso ningún valor, eran las "figuritas repetidas” (frase que se acuñó después para cierto tipo de persona, catalogada como pesada o insoportable).
Una vez comprado el paquetito, que rompíamos con manos temblorosas, había que controlar qué jugadores traía para seguir llenando el álbum pero, además, mirar el anverso, porque cada tanto, raras veces, traían algo así como un premio consuelo, contenido en una leyenda mágica: "Vale por una lámina”.
Una vez, increíblemente, me pasó a mí y corrí los 20 metros que van desde mi casa al kiosco con inocente algarabía. La figurita premiada parecía despedir todos los colores del arco iris desde la humedad de mis pequeños dedos. Se la mostré al Aroca y éste, con una sonrisa cómplice, me hizo la gran pregunta: "¿a quién querés”?…. Y con sus manos me exhibió en pequeños posters de 20 x 20, a todo color, a Musimessi, Grillo, Sanfilippo y… Angelito Labruna. "¡Éste!”, le dije.
Después volví mas rápido aún a mi casa. Lo puse sobre la mesa de luz y me quedé mirándolo extasiado …El "viejo” Labruna me sonreía desde su infaltable bigote, luciendo la gloriosa banda roja, de cuclillas y apoyado en una pelota. La fortuna me había sonreído de chico, y fue tan grande el premio que al parecer decidió que con esa porción, ya estaba bien por el resto de mi vida.
(*) Periodista.
