A poco de asumir como pontífice, una frase pronunciada por el papa Francisco demostró su noción de Iglesia y lo que quiere de ésta: "’Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente.

Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma”.

Curiosamente, este pedido lo hacía por medio de una carta fechada el 17 de abril pasado y dirigida a los obispos argentinos reunidos en la 105ª asamblea plenaria del Episcopado Argentino. Pareciera no haberse entendido la voluntad del pontífice argentino, ya que con motivo del XXVIII Encuentro Nacional de Mujeres que se desarrolla en nuestra provincia, varios templos del microcentro aparecieron con sus puertas de ingreso cerradas o valladas sus periferias.

Bajo ningún punto de vista es lícito ni tampoco es una demostración de adultez democrática, agredir la fe de otros con pintadas ofensivas o llegar a cometer agresiones físicas, sepultando el valor de la tolerancia. Corresponde a la autoridad responsable de conservar el orden público, actuar de modo eficaz para que todos los ciudadanos puedan convivir de modo seguro y pacífico.

Pero las amenazas no pueden llevar a la suspensión de las celebraciones dominicales en las iglesias de la capital provincial. Si alguien o muchos se niegan al debate racional, no pasional, menospreciando las propuestas de los demás, se está en claro retroceso a nivel de progreso humano civilizado. Los interrogantes que surgen son: ¿qué ejemplo se ofrece a los niños y jóvenes? ¿Es que hay que sobrevivir y no convivir junto con otros que piensan distinto? Cuando alguien amenaza, ¿hay que encerrarse para evitarlo? ¿Aún no se ha entendido que el miedo paraliza y el coraje manso permite avanzar?

El Observatorio de la Libertad Religiosa de Italia ha informado que el año pasado murieron 105.000 cristianos en el mundo por dar testimonio de coherencia, evangelizando en un contexto de riesgos permanentes. Si estas personas convencidas y convincentes se hubieran quedado encerrados en sus conventos o templos, el testimonio sereno con el que han surcado la historia, estaría hoy ausente.

Aquí y ahora, no implica que se vaya a llegar a esos límites, pero las mujeres que forman parte de este Encuentro en San Juan deberían aprender a exponer sus pensamientos sin ofender ni alterar la paz social, promoviendo lo valioso que es encontrarse, no enfrentarse. De la otra parte, salir sin complejos a predicar, sin abandonar sus principios, pero exponiéndolos en clave positiva.

Lo decía el papa Francisco en el vuelo de regreso de Río de Janeiro a Roma: "A mí me gusta cuando una persona me dice: "Yo no estoy de acuerdo con usted"; y en la entrevista concedida al director de La Civiltà Cattolica, señalaba que: "La primera reforma que se debe dar en la Iglesia es la de las actitudes. No hay que llevarse la frontera a casa, sino vivir en la frontera y ser audaces”. En otras palabras: tener el olfato del camino, no el moho del encierro.