En un extenso artículo de la revista estadounidense "The new Yorker'', el periodista Jon Anderson hablaba de la "cultura de la corrupción'' instalada en nuestro país. El artículo de 2016, repasa una larga lista de causas de corrupción que involucra a funcionarios públicos de alto rango desde 1990 al 2016.


La corrupción parece ser una protagonista infaltable de la realidad argentina, que debemos superar. Ya el economista Bernardo Kliksberg en 2004 presentaba su teoría que puede arrojar algo de luz. Decía que la pobreza de un pueblo está directamente relacionada con su nivel de corrupción. Desde allí se entiende su propuesta: poner a la ética en el centro del debate sobre el desarrollo económico y social ("Más ética, más desarrollo'', Temas, 2004) La ética cuenta, decía Kliksberg.


Esto nos lleva a una primera reflexión: sería un autoengaño reducir la lucha contra la corrupción a la respuesta de los Poderes del Estado. No es sólo cuestión de leyes ni de sentencias justas. La batalla es cultural. Mientras más valores éticos promueva una sociedad, menos espacio queda para la corrupción y su socia, la impunidad moral. La pobreza, la marginalidad rural, la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, los niños desnutridos y en condiciones de calle, la vejez olvidada, son el espejo que refleja el empobrecido nivel ético de una sociedad.


Va aquí una segunda reflexión: faltan ideas, políticas con perspectiva de futuro y solidaridad con las generaciones venideras, pero abundan los personalismos, las miradas ancladas en el pasado, y una moral acotada al aquí y al ahora. El debate sobre el desarrollo no pasa por intentos que si bien son legitimados en las urnas, sólo procuran la continuidad de personas y no la sustentabilidad en el tiempo de ideas y proyectos.


La ética sigue siendo una dimensión postergada del desarrollo. El "roban pero hacen'', una frase repetida entre los adultos, sigue esta lógica: nos asegura un presente sin mayores cuestionamientos sobre "la forma'' en que lo hacen. ¿Cómo salir de esta lógica? Siguiendo el pensamiento de Kliksberg, aporto algunas ideas al debate:


1)- Educar desde otra lógica, procurando formar ciudadanos desde la alteridad, con habilidades emocionales para tomar decisiones pensando en el "otro''. Ciudadanos capaces de asumir que las consecuencias de sus actos ya no se dirimen solo en el "presente''. Podemos empezar reconociendo el error de haber educado a nuestros jóvenes bajo el paraguas de la inmediatez. Ello ayudó a conformar el perfil de generaciones poco propensas a esperar y con marcada incapacidad para el sacrificio.


2)- Invirtiendo la ecuación: es decir, colocando a la ética por encima de las decisiones políticas y económicas. El escenario actual es propicio. Se advierte una sed de ética en la sociedad y un hartazgo de tanta impunidad y retórica vacía. Debemos reconocer que, nuestra experiencia de la realidad social es una experiencia de la vulnerabilidad humana. No podemos permanecer ajenos a los desafíos éticos que nos plantea la corrupción, ni postergar el debate en nombre del bienestar presente. Nuestra historia como país nos enseña que las consecuencias nefastas de la corrupción, impactan en un futuro no tan lejano. La interdependencia generacional nos reclama a ser éticamente solidarios con las generaciones venideras.