La aberrante práctica del sometimiento infantil en trabajos incompatibles con la infancia, incluye el reclutamiento de niños y adolescentes en filas de ejércitos regulares y de grupos insurgentes, violando las convenciones internacionales sobre derechos humanos y de la niñez. Son incorporaciones forzadas, pero también las impulsan las propias familias porque enrolarse en las milicias es una forma de sobrevivir en medio de catástrofes sociales, como hambrunas y persecuciones.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) avanza en el difícil salvataje y la socialización de los niños soldados y ha logrado la semana pasada la desmovilización de 91 chicos de las Fuerzas Armadas de Birmania (Myanmar). Con ellos, suman 364 los menores retirados de esos ejércitos, desde junio de 2012.

Pero las negociaciones de Unicef no son fáciles con los movimientos armados irregulares, ya que en el caso de este país, además de las Fuerzas Armadas birmanas, existen siete guerrillas étnicas que engrosan sus filas con menores y todas operando activamente en la convulsionada región asiática.

La ONU registra, además de Birmania, a Afganistán, Chad, República Democrática del Congo, Sudán, Sudán del Sur, Somalia y Yemen como los países con ejércitos que reclutan a menores de edad para la lucha armada. De ese grupo, Yemen y Sudán todavía no han firmado acuerdos con Unicef para terminar con esta infamia que tiene secuelas devastadoras tanto por separar a los niños de sus familias como por los efectos traumáticos ocasionados en una etapa vital del crecimiento de los niños y adolescentes.