La ausencia de liderazgos en Argentina es evidente al igual que la falta de cohesión entre los partidos que representan a la oposición. Pero un problema vinculante casi diríamos central es la falta de comunicación que existe entre los políticos y la ciudadanía, por más que han perfeccionado los canales aún permanecen rotos los vínculos por donde la información debe fluir y hacer relevantes los hechos de gobierno para evitar confusiones, mal entendidos y el "ruido comunicacional”.

El líder eficaz debe sobrepasar la mera retórica de palabras vacías y concretar en la propuesta las distintas alternativas de un proyecto novedoso e interesante. He ahí una de las claves que no deben ignorar quienes pretenden las vertientes más audaces del poder y del mando.

Táctica y estrategia deben acompañar a una buena política pública de comunicación, pues la dispersión de comunicados no ayudan a la sinergia y alejan del éxito los mejores propósitos.

La base está en la planificación y en dos fuerzas que parecen oponerse pero que son aunque antagónicas complementarias: centralizar y descentralizar los contenidos informativos.

La centralización nos habla de unificar criterios discursivos para que los mensajes sean consistentes, concisos y oportunos. La segunda, descentralizar, para delegar en distintos responsables la ardua tarea de informar.

Uno de los errores más graves es abandonar las normas que se siguen en toda campaña electoral para tener bien informado al periodismo; porque se ha ganado y éste es el instante en el que se tienen que reforzar las motivaciones originales.

Los líderes deben cumplir su rol comunicativo. El arte de la política es el arte de hablar pero es algo más, es un intento persistente de convencer y persuadir y ese acto de persuasión lo dan dos cosas: la expresión popular del voto positivo y luego la continuidad en el poder; ambos deseos que ellos quieren cumplir inevitablemente.

Para el líder ese es el sueño con todo lo que conlleva hoy la carga semántica del vocablo. Pero fundamentalmente debe convertirse en una realidad de la que no pueden escapar sino enfrentar día a día con la estrategia de la palabra y de la acción.