El evangelio de hoy es un haz de luz que ilumina todo el misterioso camino de la historia humana, e inicia con una formidable afirmación: ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,1). Hay quien dice que al principio de todo existía el caos, o sólo la materia, o la nada. El cristianismo rechaza estas interpretaciones sobre el mundo y la historia. Para nosotros, al inicio de todo está Dios. Un Dios que es amor. Esta verdad es maravillosa al punto tal que se convierte en la clave de nuestra fe y el criterio de lectura de todo acontecimiento: Dios es amor creador. ‘Todo ha sido hecho por medio de él y sin él no existe nada” (Jn 1,3). Todo hombre ha sido pensado por él, y si todo hombre procede de las manos creadoras de Dios, nace para nosotros el deber de amar a toda persona, en cualquier situación en la que se encuentre. Desde esta óptica se comprenden las palabras de Madre Teresa de Calcuta a sus leprosos: ‘Ustedes son amados por Dios. Más aún, son su predilectos”. No son palabras rutinarias, sino provenientes de la fe. Nacen de una mirada profunda sobre el hombre visto a la luz de Dios.
‘En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han vencido” (Jn 1,4-5). Al crearnos, Dios ha encendido en nosotros una chispa de luz divina. Pero nos ha creado libres y dotados de un terrible poder de apagar esta luz. De hecho, en el mundo luminoso han entrado las tinieblas. En el mundo, creado bueno y bello, se hizo oscuridad por la maldad del hombre. Luego que apareciera la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía el 2 de septiembre de 2015, el hashtag (etiqueta), ‘La humanidad ha fracasado”, se convirtió en ‘trending topic” o tendencia en las redes sociales. Es verdad: en muchos aspectos el ser humano muestra que ha fracasado y que lleva a que Dios se arrepienta de haber creado al hombre (cf. Gen 6,6). Hemos desilusionado a Dios cuando permitimos que, como lo señalan los datos de Unicef, a diario mueran 19.000 niños menores de cinco años, por causas evitables. Un tercio de ellos (6.400) mueren por hambre. ¿No es una crisis humanitaria, que más de un millón de migrantes llegaran a Europa en 2015, en los llamados ‘viajes de la esperanza”, huyendo de los terroristas del Isis o del hambre, pero que terminan en desesperación ya que millares de ellos mueren ahogados? Pero toda esta realidad no tiene el poder de cansar a Dios, porque él es obstinadamente, amor.
‘Vino un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Vino como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1,6-7). Dios, luego de haber sido repudiado por el hombre, vuelve a elegir a algunos hombres para tener su lugar en la historia de la humanidad. Este comportamiento divino nos conmueve. Él sigue creyendo, esperando y amando al hombre. Su bondad se convierte en voz que llama y suscita el prodigio de la colaboración. Juan el Bautista es un llamado por Dios; un colaborador. Es el hombre que prepara caminos, no encandilando, sino iluminando con humildad y sencillez. ‘El mundo ha sido hecho por él, pero no lo ha reconocido. Vino entre los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,10-11). Es un misterio la fidelidad de Dios y la obstinación del hombre. Nos preguntamos, ¿por qué el hombre, creado por Dios, puede llegar a rechazarlo y a negarse a sí mismo? ¿Por qué aún hoy, Cristo es rechazado? La respuesta es una sola: el Amor no puede imponerse a nadie. Aún el Amor infinito no puede huir a esta ley interna del amor. En efecto, la bondad se ofrece, se dona, extiende los brazos. El encuentro se produce cuando el otro acepta y abre el corazón. El encuentro con el amor de Dios es el comienzo del paraíso, y el rechazo es el inicio del infierno. Paraíso e infierno son expresión de relación con nuestra libertad. El cielo es fiesta porque es compañía; es comunión por excelencia. Como decía el poeta francés Victor Marie Hugo (1802-1885): ‘El infierno está todo en esta palabra: soledad”. Es expresión del egoísmo que lleva a la indiferencia. En su mensaje con motivo de la XLIX Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco puso como lema: ‘Vence la indiferencia y conquista la paz”. Allí señala que Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad. Dios no la abandona. El primer modo de indiferencia es la que surge de quien se dice estar informado sobre los dramas que impactan al mundo pero no se involucran ni viven la compasión. Como lo afirmaba el escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904): ‘la indiferencia siempre es muerte prematura”.

