Parece ser cierto eso de las rachas. Manchita fue abandonada en pleno embarazo, escuálida, enferma. Parecía imposible que en esas condiciones pudiera ser madre; pero este designio parece estar por encima de los abandonos y la miseria, como en los humanos, y así dio a luz a Coquita y otro negrito sin nombre que al poco tiempo desapareció. Y a escasos días fue dejada en un costado de la calle otra perrita casi paralizada por la sarna. Una vez conté qué pasó con Eulogia, que cuidamos con los vecinos, y que se recuperara como por milagro, amor que se le dice.

Pero la historia no termina ahí, porque al trío callejero se le incorporó un cuarto integrante que surgió de la nada; un cusquito blanco y negro que, decididamente, sin ningún pudor, vino a reclamar un lugar. Ya era demasiado cuatro perros acosadores en un reducido territorio de una cuadra en el que casi todos tienen los suyos más varios gatos. Hicimos todo lo razonable para que el nuevo visitante siguiera su camino, y algún alma compasiva lo incorporara a sus amores. Creo que al cuarto día recibió el primer alimento, y en ese preciso momento perdimos en manos de la conmiseración la dorada batalla emprendida con poca convicción en nombre de vagos principios.

Remigio es hoy, con Manchita de ladera, dueño de la cuadra y sus alrededores. Luego de nuestra preocupación por la devenida familia numerosa, quedaron sólo ellos dos, como si la vida hiciera compasivamente sus arreglos para que nada fuera tan grave, tan serio, tan extremo. Y ahí está, con su definitiva pinta de cusquito, siempre junto a la compañera, protegido por el vecindario que ya tiene a la mano y a filo del corazón el personaje que Alberto Cortéz inmortalizara como "callejero por derecho propio"; patrullando la cuadra, dueño y señor desde su universo de vagabundo y casi humanidad; durmiendo junto a uno de los gatos de la casa; persiguiendo a todo otro que ande por ahí, hasta que el gato se encarame a un árbol en sinfonía de sus uñas, y desde allí salte hacia la luna para asegurarse un frente de tranquilidad en esa barcaza de espuma y noches.

Remigio es nuestro héroe, amigo y pretexto para amar siempre un poco más. Estoy seguro que en el corazón de cada vecino alguna espinita de celo se clava por ahí, porque, como los amores soñados, es pertenencia de todos, pero uno pretende exclusividad.