El creciente estado de inseguridad que mantiene en alerta a los argentinos, para no ocupar un lugar en la larga estadística de víctimas, plantea interrogantes que las autoridades no eluden en cuanto al funcionamiento de un enorme y oculto mercado clandestino donde se negocian los elementos robados en sus diferentes modalidades, desde el arrebato al asalto más despiadado.

La electrónica apropiada por los delincuentes debe tener una demanda sostenida de teléfonos celulares, televisores, equipos de audio, informática y demás artefactos que son preciados botines en el vaciamiento de comercios, domicilios particulares y ataques en la vía pública. Una elemental premisa de la economía dice que sin demanda no hay oferta y en el caso de los delincuentes deben tener reducidores que a su vez sostienen muy activo a este oscuro comercio, alentado también por gente inescrupulosa que cede a los valores irrisorios de venta sin preguntar la procedencia y menos todavía solicitar comprobantes.

Es decir, quien compra elementos robados entra en el circuito delictivo, manteniendo activos a los reducidores. Pero así como se habla en la calle de las "gangas” sospechosas ofrecidas en tal o cual lugar, la policía y la justicia también deberían saberlo y actuar en consecuencia para romper el círculo económico de los malhechores.

Lo más que se avanza es en allanamientos donde se secuestra mercadería y objetos cuya tenencia no se puede justificar y por ello se convoca a las víctimas de robos para que pasen por una dependencia policial a identificar su propiedad. Pero esto es la consecuencia de un procedimiento, no acciones concretas para dar con reducidores y compradores cómplices.