La sucesión de robos que existe en nuestra provincia y que va en aumento en todas sus modalidades, con violentos ataques a las víctimas o de manera pasiva aprovechando la ausencia de éstas, tienen un objetivo común: reducir los objetos sustraídos en un mercado negro. Ningún delincuente se arriesgaría a robar un determinado elemento si no tiene asegurada la forma de reducirlo, por lo cual conoce los canales de la comercialización clandestina. No es casual que los malvivientes busquen teléfonos celulares en sus arrebatos o asaltos, porque tienen la certeza de reducirlos fácilmente, además de anular la forma que el damnificado se comunique con la policía. Lo mismo ocurre cuando los cacos buscan elementos de informática, en particular notebook y PC y electrónica muy codiciada como son los televisores de LCD y plasma, o los equipos de audio -incluyendo autoestéreos y tarifadores de taxis y remises-, como también joyas, herramientas y motocicletas, para citar los artefactos más señalados en la crónica policial de cada día. El interrogante de la gente, en particular de los damnificados, es por qué las investigaciones no se ahondan en los últimos eslabones de la marginalidad, es decir hacia dónde va el producto de los robos y quiénes compran esos efectos a sabiendas que provienen de la delincuencia. Los valores irrisorios de la reventa ubican al comprador como un cómplice sin atenuantes porque los compra en los reducidores. Quien reactiva un celular robado, no es un improvisado y dispone de "chips" para configurarlo para una nueva línea. Lo mismo ocurre con las computadoras, al renovarles el software y con los vehículos que circulan con numeraciones y papeles adulterados. Sobre todo esto no se conocen operativos exitosos.
