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BLANCO & NEGRO

“Mi madre siempre vuelve”

Por Raúl de la Torre 7 de julio de 2018 - 00:00

El recital comenzó a las 22, pero ella espera desde las 21.30, sentada en una de las últimas filas del Auditorio, sufre el encierro. Esa tarde llamó dos veces "por si necesitáramos algo", o a lo mejor para saber cómo estábamos antes del recital. El instinto protector de una madre está alerta segundos antes de que se produzcan los hechos o tenga que verter alguna lágrima tardía.

 

"… tiernamente, evoco tu recuerdo, y quiero que a ti llegue el eco más vibrante de mi fiel canción…".

 

 

Colocamos en el aire tirante del Auditorio el primer acorde. El estremecimiento de notas se mete en el ambiente como bandada de mirlos asustados. Son tensas las primeras canciones, como los primeros conceptos de un examen. El manantial de la música comienza a estirarse en sílabas y rasguitos iluminados. El amor de ese caleidoscopio del alma nos justifica ante la gente y ella nos abraza con su mejor regalo: el aplauso. En ese centro crucial nos encontramos, nos estrechamos, nos sentimos uno, nos amamos. Cuando el temblor de las primeras incursiones pasa, todo comienza a ser de todos. Entonces, a lo lejos, veo a mi madre inundando la sala con una sonrisa leve que nos baña de amor. Cuando el concierto ha terminado y la gente agradece el encuentro y luego nos saluda en el hall, mi madre sólo nos mira calladita con ese limpio cariño que sólo las madres transmiten. No dice una sola palabra, ¿para qué, si todo es cristalino?

Vuelve por tardecidas de oro el poema del bellísimo vals: "Las manos que trajeron la lámpara a mi cama, tapándome la espalda en el invierno cruel; que cuando estuve triste mis lágrimas secaron, que cuando estuve enfermo acariciáronme…". 

Nuestro enorme Carlos Montbrum Ocampo, en su excelente vals "Mis nostalgias", imploraba: "… tiernamente, evoco tu recuerdo, y quiero que a ti llegue el eco más vibrante de mi fiel canción…", pretendiendo alcanzar con el simple argumento de su canto el recuerdo de la madre ausente.

O el Chango Rodríguez, cuando pinta el trecho de su separación de la sociedad, luego de tener que vivir la cárcel, y ve en un extremo la presencia imprescindible de la madre: "Un beso de luna me espera en los valles, mi rancho, mi madre, todo mi sentir".

Mi madre siempre ha estado cuando más la hemos precisado y un poco más que eso, aunque muchas veces no supiéramos que la necesitábamos. Y sigue alumbrando nuestro derrotero con esa linternita de ternura que le quedó entre los dedos marchitos, incluso luego de su partida. En momentos difíciles, seguramente ha de hablarme; su vos cálida y segura sonará en el llamador del pecho. 

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