En los últimos 10 años la mortalidad materna no mostró descensos significativos y en algunas provincias aumentó dos veces mas, según un informe del Centro Rosarino de Estudios Perinatales y el Instituto de Investigaciones Epidemiológicas de la Academia Nacional de Medicina.

La mitad de las provincias acusan una mortalidad materna superior el promedio nacional de 40 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos, mientras en Uruguay es de 15 y en Chile, de 19,8 y hay provincias que duplican la tasa promedio: Chaco (82), Jujuy (100) y Formosa (115). Además, la Sociedad de Ginecología y Obstetricia de Buenos Aires, afirma que las causas son el aborto, hipertensión en el embarazo, hemorragia posparto, infecciones por el parto vaginal o la cesárea y los traumatismos en el parto.

El Plan Federal de Salud 2004-2007, propuso reducir un 20% la mortalidad materna nacional y 50% en Chaco, Formosa, Jujuy y Santiago del Estero, pero finalizó con un 1,6% de aumento. En Formosa y Jujuy una embarazada tiene 20 veces más riesgo de morir que en la ciudad de Buenos Aires. Esta lamentable condena se centra en los sectores más desfavorecidos de la sociedad. La muerte de una embarazada, o tras dar a luz, es inaceptable -salvo situaciones que escapan a la medicina- y revela una grave impotencia ante la dura realidad que se abate sobre los sectores marginales.

En los fenómenos asociados con la pobreza intervienen muchos factores que no son solamente económicos, pues inciden limitaciones educativas o a patrones culturales que no se han terminado de transformar. Pero no se puede permitir que tantas mujeres mueran como resultado de factores que deberían estar totalmente controlados.