La danza puede ser sólo un sueño frustrado sin seres como vos, que le ponen alas y entrañas. Gracias, Violeta, por haber encarnado el viento apacible y triunfal en esta provincia azotada por bostezos de hogueras. Ve tranquila hasta el pájaro y la diamela, que -pronto- te esperaremos de vuelta del celeste, cualquier tardecita de estas, enredada en la primavera, como se suelen enredar para bien los ruiseñores y los seres de lumbre. Saludos a la belleza y la calidad humana, que acostumbran elevarse hasta el infinito en brazos mimbre de buena gente como vos. No ha sido en vano tu permanente aspiración de belleza, Violeta Pérez Lobos.
En una provincia donde, muchas veces, nos miramos con una extraña incredulidad sobre nuestras capacidades y le damos a los foráneos más afecto que a los nuestros -esto es necesario decirlo- fuiste una simple flor enhiesta que nadie se animó a cuestionar; que creció a fuerza de convicciones y talento. No es cierto -al menos desde mi punto de vista- que la muerte agigante los méritos y por ese hecho aciago el ignorado se vuelta ilustre. Tuve el honor de decir de vos lo que siempre creí te merecías. Traigo a cuento las palabras que una vez te escribiera cuando nos visitaste con tus alas en un set televisivo: ‘El poema y la danza son territorios del misterio, tejidos del alma gritados a pedazos de uno; improvisaciones de luz y vida que sólo pueden convivir en ese ensueño que es el arte genuino. En nuestro programa televisivo (‘La Noche de los Hermanos de la Torre’) la tuvimos un día a Violeta. No necesitó decorados ni referencias del paisaje. Traía adentro toda la vida y las cosas. Con el simple rayito amable de un reflector se envolvió en alucinaciones y movimientos, y proclamó la danza con esa dignidad que sólo los auténticos y los nobles pueden expresar. Pocas veces se vio tanta lumbre en el reducto de una noche televisiva. Tomó Violeta el viento entre sus brazos azules, y el viento se echó a llorar quimeras a sus pies’.
Es posible que, allá, en ese firmamento poético o de fe donde se piensa que recala en puertos azules la buena gente, te hayan dado la bienvenida reflectores de astros, velos de nubes moradas, coros de calandrias. Y, porque las ausencias (que no tienen por qué ser alejamientos), nos conmueven hasta la índole, luego de aquella noche televisiva solté una premonición del pecho: ‘Se fue Violeta con su sonrisa casi niña y su chapa de ser humano excepcional, y el escenario hizo como que se caía. Fue muy difícil explicar que allí una ausencia había dejado el proscenio marchito de figuras esenciales y vuelos vírgenes. El mateo de la noche condujo las sombras cabizbajas por la calle Mitre. Seguramente, siguiendo a Violeta para averiguarle los sueños’.
