Agentes a sueldo de Francisco Franco, con la misma matriz asesina del fascismo que mató con Hitler y Mussolini, empujaron al barranco a los cuatro hombres, entre los cuales estaba Federico. Una descarga de fusil se llevó a los recovecos de la vergüenza más espantosa esa carne inocente hecha para el poema y el espíritu. El tirano había saldado otra cuenta con su extraña conciencia. Se había sacado de encima el filo de la palabra y la belleza, que suelen ser mucho más peligrosas que las armas. Pero la historia estaba agazapada entre los grillos y las estrellas y no permitiría que la cobardía se pusiera al hombro el olvido. Se puede matar cuerpos. No se puede matar poemas ni canciones. Al menos en algún lugar del mundo, en los labios o la memoria de algún ser sensible -uno solo si es necesario- el poema ha de saltar los cercos de la indignidad y no podrá ser jamás detenido en su senda hacia la eternidad.
Sólo 38 años tenía este hombre que ‘provocó’ con su pensamiento y su belleza a la sangrienta dictadura. ‘Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos’, describe en ‘La casada infiel’. Europa, la digna, igualitaria y progresista, se estremecía de cuchillos y fusiles que fueron emblemas en el pensamiento psicópata de tiranos que luego derrotaría la civilización y la razón.
‘La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos.
Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas’, lanza excelso en su poema ‘Crucifixión’. Entonces, uno tiene la compulsión de preguntarse: ¿son posibles imágenes más vigorosas? Días antes de ser asesinado, García Lorca había culminado su extraordinaria obra teatral ‘La casa de Bernarda Alba’. El tiempo y la sensibilidad de la gente colocaría esta obra maestra entre las cumbres de la literatura mundial.
Como una humorada siniestra del destino, la muerte brutal de Federico se unirá a infinidad de muertes iguales que integran el manchado blasón de los tiranos. Pareciera que no hay mejor medida a sus pensamientos que el exterminio de quienes, con su calidad humana, les delatan la estatura, el horror y el odio.
‘Si muero, dejad el balcón abierto. El niño come naranjas. (Desde mi balcón lo veo). El segador siega el trigo. (Desde mi balcón lo siento). ¡Si muero, dejad el balcón abierto!’.