Una vez más al peronismo le ha tocado enterrar en estos últimos día a un muerto ilustre. Al Movimiento Nacional Justicialista primero se le fue su símbolo más carismático, Evita (26/7/1952), luego le asesinaron el poder con bombas sobre la población civil y la Casa Rosada (16/9/1955) a plena luz del día, y un alto resultado de pérdidas humanas en su mayoría vinculadas al partido. A continuación vinieron los 33 fusilamientos, con Juan José Valle a la cabeza, en el basural de León Suárez, y considerados por Perón como "el acta fundacional de la violencia argentina de la última mitad del siglo XX". La historia siguió. El retorno de Perón el 17 de noviembre de 1972, las elecciones del ’73, Cámpora al gobierno Perón al poder, nuevas elecciones, tercera presidencia y muerte del general. Isabel, su viuda y sucesora, modelada en la frágil arcilla patinada para imitar al bronce, se resquebrajó muy pronto. Primero por sus incontenibles lágrimas, dramáticas y sinceras, que inmediatamente empezaron a horadar su pequeña figura. Luego por la histórica interna que ha llenado tantas páginas en casi cuatro décadas y que desembocó, innecesaria e injustamente, en la noche más larga y feroz que ha conocido la Argentina bicentenaria. Ese 24 de marzo de 1976, volvía a morir algo del peronismo. Pero lo que es peor, perdían la vida miles de militantes, tras secuestros y torturas en medio de la "limpieza ideológica" que se programó siguiendo los libritos de Hitler, Mussolini y de tantos otros, más o menos conocidos, que llegan hasta nuestros días en distintos rincones del mundo, ostentando incluso todavía el poder.

El peronismo, que hizo andar velozmente la historia desde 1945, también hacía que se parara en otros tantos momentos. Estos fueron los días de muerte de algún referente. Cuando murió Evita y Perón, la Argentina veía detener automáticamente su cronómetro político, mientras el espacio se llenaba de hombres y mujeres, ríos de lágrimas, flores y mensajes en las calles cercanas a los velatorios. Pasado el duelo, el país volvía a caminar a paso huérfano, y no transcurría demasiado tiempo hasta que desde el Justicialismo alguien escalaba el podio histórico con las imágenes de Perón y Evita a sus espaldas, que, para decirlo todo, los Kirchner esperaron un año en colocarlas, y se empezaba de nuevo la osada tarea con variado éxito.

A Menem le fue bien pero no a la Argentina, y gobernó dos períodos con su enorme dosis de hedonismo consumista y la desaparición de la industria del país. Por eso, llegada su hora como todo mortal, su muerte será distinta. No habrá flores anónimas cortadas del jardín de las bases, ni carteles de ninguna unidad básica partidaria, ni lágrimas del corazón de la popular. Lo acompañarán sus íntimos, un puñado de incondicionales ex colaboradores y, si a la hora de ese, su viaje definitivo, ocupara algún cargo legislativo, un mensaje de cristiana resignación sonará protocolar entre sus pares.

Contrariamente a este caso, otra de las grandes figuras del calendario justicialista, Duhalde, supo ganar para sí un lugar histórico distinto. Quizá por ello, su partida final es muy probable que impacte sensiblemente al peronismo. Sabe que cumplió un papel trascendente en un momento trascendente, sobre todo por la toma de decisiones que dejaron a su sucesor un camino a la sazón todavía difícil pero inteligentemente programado, sobre todo desde lo económico. Y ese sucesor suyo es el último muerto egregio del peronismo: Néstor Kirchner que ha sido despedido como abanderado de un cambio cierto que ha vivido la Argentina desde el 25 de mayo de 2003. Y más allá de su agitado perfil frecuentemente polémico, hay en una inmensa mayoría de argentinos y en la anónima muchedumbre apesadumbrada que ha acudido a despedir sus restos, en un mensaje que no necesitó publicidad, sino que fue descifrado y comprobado en el bolsillo de cada ciudadano y en su mejor nivel de vida durante su presidencia.

Está a la vista. La última muerte en el peronismo ha sido un terremoto conmovedor que no sólo ha turbado al Justicialismo sino a todo el arco político argentino.