Seré políticamente incorrecta y advertirle al lector esto, es parte del pacto implícito que nos une. Entre "quedar bien" y ser leal a lo que pienso, elijo lo segundo. La satisfacción del aplauso o alabanza suele ser efímera al lado de la paz que produce la coherencia entre lo que pensamos y hacemos. La palabra cargada de destino, comunica y busca a ese otro que la recibe, pero lo busca en la verdad. Nada intoxica más al alma que el mentir o simular lo que verdaderamente sentimos. Si la verdad, tal como enseña la filosofía, es la conformación entre la razón y la realidad, lo falso es la no correspondencia entre un juicio y una situación objetiva. De allí el desgaste intelectual y moral que supone mentir. El esfuerzo es doble: callar la verdad y poner en palabras lo contrario a la verdad que descubrió nuestra razón. Por eso, la primera víctima de la mentira no es su destinatario sino la persona que miente. 

 La cárcel de la pena

Dicho esto, debo confesar en honor a la verdad precisamente, que no celebré la condena a los ocho acusados de asesinar a Fernando Báez Sosa. Por el contrario, una congoja inexplicable me invadió. ¿Qué celebrar? Una joven vida, llena de proyectos, se apagó para siempre. Sus padres llorarán amargamente su ausencia y no hay veredicto que lo traiga de vuelta. Del otro lado, ocho jóvenes que, de manera brutal, en tres minutos acabaron con su vida, también acabaron con la vida que conocieron hasta entonces. Nada será igual para ellos. Si bien la Justicia dictaminó prisión perpetua para cinco y quince años para los tres restantes, lo cierto es que el mayor temor es la cárcel de la propia conciencia. Es la cárcel de la pena donde no hay guardianes ni barrotes, como dice Jairo en su canción ("La cárcel de la pena", 1999). Y esa cárcel será perpetua para todos ellos, mientras no asuman la responsabilidad moral del hecho que cometieron. Pero esta vez, no es al tribunal al que deben dirigirse, sino a un juez más implacable: su propia conciencia. Y desde allí trabajar interiormente para que el remordimiento se transforme en arrepentimiento y posterior conversión. Por eso la importancia de la pastoral carcelaria que pone en actos las enseñanzas de Cristo: "Estuve en la cárcel y viniste a verme" (Mt 25,35). Para ello es necesario entender que la cárcel no es el castigo. Ni jurídica ni moralmente. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, dice el art. 18 de la Constitución Nacional. 

Los jóvenes que mataron a Fernando, no son bestias ni monstruos como algunos han calificado con violencia verbal innecesaria. El ser humano no puede ontológicamente, descender en los grados del ser. Son seres humanos que debemos rescatar. Desconozco sí sus lágrimas o palabras de compunción fueron sinceras. Sólo Dios puede escudriñar en el corazón humano y conocernos tal como somos. Aún así, nos ama sin límites y sin juzgarnos. Sólo que los mortales insistimos desde pedestales autoconstruidos, en juzgar y descalificar a los demás.

Todos perdemos 

Todos perdemos en la justicia penal, pues siempre llega después del delito. Perdió la vida Fernando, perdieron a su único hijo sus padres, perdieron los ocho jóvenes que lo mataron, perdieron sus familias y la sociedad toda que en un instante vio desaparecer los proyectos de vida de nueve jóvenes. Nada para celebrar. Así lo entendió la gente que acompañó a la familia de Fernando en las cercanías de tribunales. En paz y sin algarabía ni destemplanzas.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo