El momento actual, crecido de dificultades y desconciertos como nunca, propicia esta atmósfera que por sí misma no nos deja vivir; y, aunque siempre se ha dicho, que después de la noche siempre llega el día, o que tras la oscuridad brota el sol, lo cierto es que todo parece agonizar en el absurdo, en la indiferencia, en la falta de consideración por el ser humano y su entorno.

Lo real es que los moradores del planeta, prácticamente por todos los rincones del mundo, andan decaídos, sin fuerzas hasta para hacer ejercicio, lo que propicia estados depresivos que nos dejan sin ganas de movernos. Puede que sean cosas humanas, que nos exigen cuando menos profundizar en los motivos, en mi vida, en cómo camino, si encauzado o despistado.

La vigilancia de nuestros interiores nos exige siempre estar alerta, en servicio permanente, en guardia. Por desgracia, mucha gente se pasa la vida vegetando, con multitudes de angustias, desorientado. Le falta coraje y le sobra miedo, mientras el gentío se sigue burlando de los débiles.

Desde luego, con tesón y una buena dosis de paciencia, deberíamos concienciarnos de salir adelante, de no vivir bajo la anestesia de los poderosos, de actuar siempre en favor de lo justo, de no resignarnos, implicándonos en nuestras propias historias de luz.

Quizás tengamos que aprender a amarnos de otra manera, más de gratuidad que de interés, más de hondura que de superficialidad, pues cuando resplandece lo verdadero, todo toma otro espíritu más alentador, más de esperanza, más de compartir. Yo creo que todavía no es demasiado tarde para reconstruir otros modos de vida, más de donación que de egoísmos, y así poder disfrutar de ambientes más saludables internamente.

Tenemos que quitar de nuestros horizontes aquello que nos desborda y atosiga. Al fin y al cabo, nada es eterno en este mundo de corruptos enviciados por el ordeno y mando. Ojalá fuésemos más servidores unos de otros.

En el alma está nuestra propia realidad, nuestros más profundos deseos de transformación, la vida misma purificada. Esto es lo que hay que saborear, regresar al universo de las virtudes, despojarse de mundanidad, reproduciendo la imagen gozosa del caminante abrazado a un horizonte de paz.

Por ello, a mi manera de ver, tenemos que estimular nuestras raíces, nuestra verdadera humanidad, adaptar nuestros pasos a la liturgia de los bondades, adoptar otras actitudes también de familiaridad con nuestro hermanamiento.

Nos urge, en consecuencia, cambiar de cultos, activar otras ganancias menos mercantilistas, para tener regocijo en abundancia. Lo acaba de apuntar el propio Papa Francisco a los participantes en la economía de comunión: "el primer regalo del empresario es su propia persona: su dinero, aunque importante, no es suficiente.

El dinero no se guarda si no va acompañado por el don de la persona. La economía de hoy, los pobres, los jóvenes, necesitan en primer lugar de tu alma, de tu fraternidad respetuosa y humilde, de su voluntad de vivir, y sólo después de su dinero". Hay que donarse, en todo caso y siempre. Es la manera de ser feliz, de engendrar bienestar, de despojarse de la tristeza del alma que hoy en día nos corrompe.