Estoy casi al medio de la calle Las Mercedes, mirando hacia su casa. En algún momento ha de salir a barrer la acera. Ahí está. Como al descuido, mira desde su tarde miel mi expectante adolescencia de quince, y sigue barriendo; y así casi todos los días.

Es la hora del ocaso. Camino hacia su casa. Ella viene hacia aquí. Nos cruzamos en la calle, y en ese entrevero de miradas escasas se hace añicos la tarde de este día del año… No, es hoy, si me ha clavado su ausencia, y luego dijo que yo le parecía de dieciocho años.

La pelota va y viene entre las sombras de una noche de enero, en la canchita de básquet del viejo estadio. Mi madre pega el grito desde enfrente. Decimos: "el que hace el gol gana". El último tiro viene cruzado. Me largo hacia la derecha, pero las sombras me traicionan, y la pelota de tientos prominentes entra como balazo junto a una de las piedras del arco. El último gol gana…

Noche de sábado. La isla del parque de Mayo. Acurrucados entre las ramas, presenciamos la puesta en escena: un compadrito de viejo traje a rayas cruzado, aprieta con fuerza a la niña que no denota molestia alguna. En un rincón, un tipo hosco de saco blanco mira la escena. Nos dicen que es el "dueño" de las chicas que vienen aquí. La pequeña isla se pone el vestidito de fiesta, el de fin de semana, deja pasar las doce, y se convierte en humilde príncipe que viene a buscar las cenicientas.

Por primera vez veo a mi padre llorar. Dice que es de impotencia. Lo han querido obligar a usar en su humilde saquito de empleado público un distintivo político que a él no le parece corresponda, porque él es un simple sereno de la repartición que está en otras cosas que considera más simples, y no desea ser manipulado.

Un disparo ha empujado la noche sacra hacia la vida que explota en latigazos de fuego multicolor. Un nacimiento fundamental nos hermana, nos compromete, nos abraza en derredor de la mesa familiar. Tengo tres años y ya me parece que esa noche mágica he descubierto todo.

El hueco permite ver una luz al final. Saco la cabecita y gimo. La luz es cada vez más intensa. Jamás había imaginado desde mi cobijo materno que la vida fuera tan luminosa. Lloro unos minutos. Unos brazos me arropan, me cuidan, me miman, me indican el camino.

No sé bien cual es este lugar. Al parecer, miro hacia abajo. No, mejor dicho miro hacia atrás. Una sucesión de cosas, gente, impresiones, dichas y dolores me sigue. He sido todo eso, y veo todo a la vez. Hoy sé que he sido feliz.