Estaba otra vez ahí. Parecía que no se hubiera movido del lugar durante días. Esta vez me miró profundo, manantial de ausencias eran sus ojos. ‘Hola’, le dije, como a un amigo que volvía a encontrar, y creo que me contestó muchas cosas con esa mirada anochecida de tristezas. La congoja es una guarida de sueños rotos, de hijos lejanos, una enorme lágrima que rompe el pecho.

Ese rincón del parque lo tenía como custodio de la mañanita serena de domingo. Le acaricié la cabeza áspera y le dije: ‘Hasta luego, hermano’.

Ya no pisa las mañanas indiferentes de la Peatonal mi amigo Machi. Mal se lo veía, como en picada hacia la nada. En una de esas fugaces charlas me contó de su profunda congoja y su enfermedad, apaleadas por la soledad. Parece que la venía peleando como podía. Ojos de animal solitario tenía ese día. Esa última vez que lo vi, era una sombra esquivando rumores en la Peatonal. Me alejé recordando cuando cruzábamos con Hugo a la vereda de enfrente, a tocar la guitarra a su casa. Fervoroso simpatizante de los Quilla Huasi. Era entonces bajar con él por Mitre a los cines o a la plaza o compartir un debutante licuado de banana; era el tiempo de las rosas inaugurales y el amor en cada esquina del corazón, aunque no anidara en ninguna; el del lechero que volcaba la leche desde su enorme tacho de aluminio, y nos daba la caricia de la yapa con su tarrito que colgaba de una manija del tacho; el tiempo de los pantalones patas de elefante y los cuellos Mao, de los sueños virginales y del mundo por delante.

Mi amigo Machi fue quien nos trajo la buena nueva de que los afamados Quilla Huasi acababan de lanzar el disco con nuestra zamba ‘Recordemos’. En una pequeña radio grabadora ‘Geloso’ había volcado la versión que logró tomar a medias de una multitudinaria audición de Radio Belgrano. No lo podíamos creer, no obstante que sabíamos que la grabación se concretaría en cualquier momento. Era demasiada emoción para dos adolescentes. Una cosa la promesa y otra escuchar en una de las más populares radios capitalinas una canción que uno había pergeñado.

Domingo. Busco por el parque el perro triste. No está por ninguna parte. Repito esa búsqueda dos domingos más, y nada. No tengo dudas de que he perdido otro amigo. Enfilo para mi casa. Apago la radio del auto porque necesito pensar tranquilo cosas que me hacen bien, como la misma tristeza, que suele ser a veces una extraña mano dulce. La vida ha colocado en mi frente una parábola según la cual la niñez y la adolescencia se mueren para renacer victoriosas en los campanarios de la memoria. Se me mezcla el ayer fragante de inocencia y este domingo nostalgioso, la ausencia del Machi y la del perro de ojos tristes. Y no sé bien si no son la misma cosa.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.