Amplias franjas de la ciudadanía ganaron la calle el jueves pasado para manifestar pacíficamente su anunciado desencanto con el Gobierno nacional. Las consignas no desentonaron, girando en torno a un anhelo colectivo: poner límites a la pretensión hegemónica del poder.

Un fuerte componente catártico grupal, el modo desestructurado de la convocatoria, la autoconciencia de los participantes y la preparación de la movilización mostraron afinidades inadvertidas del 18-A con el psicodrama. Esta configuración acaso confirme una hipótesis alentadora: la vida pública argentina dejó de ser trágica a partir de la recuperación de la democracia y devino en una amplia, contradictoria y exasperante representación de pulsiones presidida por la consigna de llevar las acciones y los sentimientos hasta cierto punto y descargar la disconformidad en pancartas, no en acciones físicas. El tiempo, escribe el poeta británico Wystan Hugh Auden, lo crea el héroe con lo que hace y sufre, es el medio por el que se concreta su potencialidad como personaje. La multitud expresa frustración, ensaya una catarsis, exhibe creciente hartazgo y pide rectificaciones. A la lógica natural, no dramática, del tiempo, el poder parece oponer su tozudez. Para los analistas, la protesta es ante todo la expresión del estado del mandante respecto del Gobierno. El éxito sin noción de la debilidad, entraña el augurio de una frustración imprevisible ante la adversidad. La oposición es aún ineficaz, egoísta y estéril.

Los manifestantes no debieran ser ignorados, son argentinos disconformes, no golpistas. Ya lo decía Winston Churchill: "La democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás para escucharlos y rectificar los errores”.