El drama del agua en San Juan pasa drásticamente de las penurias de los años de sequía, a afrontar inundaciones y crecidas, según las consecuencias de los últimos temporales, un comportamiento propio de ciclos de alteraciones naturales cada vez más pronunciados y dañinos.
El cambio climático plantea desafíos para disponer de un recurso escaso y más en el agro, porque condiciona las áreas cultivables, o las cosechas, cuando no pérdidas totales que podrían controlarse con la introducción de tecnología tanto para asegurar el riego bajo cualquier contingencia como también para ampliar y diversificar la superficie sembrada en la acotada frontera agrícola sanjuanina. Además, debe recordarse que ante el achicamiento de la superficie cultivable por la creciente urbanización, el riego tradicional se tornará impracticable en los terrenos periféricos.
La sistematización de nuestro principal río, con presas hidroeléctricas para disponer del vital elemento y de generación, en épocas de bajos caudales, son avances extraordinarios en infraestructura pero ese potencial hídrico se podría ampliar mediante el riego artificial. Incluso los sistemas de goteo y aspersión en el arbolado y los espacios públicos, aportarían un sensible ahorro de agua y con mejores resultados para las plantas. Estas variantes se manejan en los proyectos del regadío del arbolado en el Gran San Juan, por ejemplo.
Pero la optimización del riego no se limita a nuestro territorio semidesértico, aunque este tenga prioridad en las medidas para aprovecharlo mejor sino que es una cuestión nacional. Un reciente estudio asegura que la Argentina puede triplicar el área con riego, creciendo a 6,2 millones de hectáreas productivas si amplía los sistemas de riego. Esta proyección surge de un trabajo realizado conjuntamente por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Unidad para el Cambio Rural del Ministerio de Agricultura, con la participación de distintas organizaciones públicas y privadas del país.
Si se tiene en cuenta que el 70% del territorio nacional es árido o semiárido pero con gran potencial productivo, la explotación de esos territorios será factible si podemos ejecutar políticas públicas con respecto a los recursos humanos e infraestructura, dos basamentos fundamentales con miras al reto de la alimentación del futuro.