La Copa América 2011 nuevamente se convirtió en un certamen esquivo para la Argentina. Más allá de los números, la angustia y la frustración también fue el resultado del partido de la Selección de nuestro país con Uruguay. Si los triunfos maquillan defectos, las definiciones por penales le agregan épica a las victorias y les regalan la excusa del azar a la derrota.

Pero hay que huir de esa tentación. Esta nueva frustración tiene explicación, como la tuvo la de Sudáfrica, hace un año. Y la de Venezuela 2007, la de Alemania 2006, la de Perú 2004, la de Japón-Corea 2002, la de Paraguay 99, la de Francia 98, la de Uruguay 95, y la de Estados Unidos 94. En todos estos años nos hemos acostumbrado a explicar derrotas, más o menos injustas, más o menos justificadas, pero siempre lacerantes.

Tras un error habrá que preguntarse por qué pasó y qué se puede aprender. Argentina tuvo un plantel, pero no tuvo un equipo. Una vez más, se ha confiado en que la solución mágica llegará de la mano, o de los pies, de las individualidades. La Selección de fútbol argentina es una expresión elocuente de lo que somos como sociedad. Tratando de explicar la dificultad nuestra para crecer como comunidad, el escritor mexicano Carlos Fuentes hacía esta comparación: "Los mexicanos provenimos de los aztecas, mientras que ustedes, los argentinos, bajaron de los barcos”. Se refería a la inmigración europea que llegó al puerto de Buenos Aires con el objetivo de "hacer su América”, dejando atrás las tristes secuelas de la guerra. Tal vez esa afirmación no sea la base de toda la explicación, pero tenga parte de razón.

Los argentinos somos exitosos en lo individual pero frustrantes en lo colectivo. Encontramos dificultades serias para trabajar con otros y nos obstinamos en hacerlo contra los otros. La división parece ser una rutina que se revela a lo largo de la historia: unitarios y federales, civiles y militares, peronistas y radicales, entre tantos otros testimonios de enfrentamientos. No hemos comprendido que todos somos una parte, ya que de lo contrario viviremos aparte de todos. Deberíamos dejar de lado la ciclotimia y la nostalgia por volver al pasado. Ésta es la negación constante del presente, y por eso nos cuesta tanto resolver los problemas de hoy.

Observar un pasacalle frente al predio de la AFA en Ezeiza pidiendo que vuelva el anterior director técnico, significa obstinarse en buscar erradas soluciones en vez de revertir las frustraciones.