No sé cuánto hace que no venía por el barrio. Ya lo dábamos por perdido o muerto. El enorme y rústico animal callejea de casa en casa y en ninguna se detiene; sólo mira hacia adentro y se va como magullando algo; a veces se demora junto a un árbol y busca en su copa algo indescifrable; otras, olfatea con nerviosismo el aire, las cunetas y las bicicletas, sin un solo gesto de belicosidad, por eso nadie le teme. Ahí está. La mirada brillante donde el día colecta soles y hasta se le ven caer las hojas, hoy está como borrosa, y cualquiera podría asegurar que está a punto de llorar.
No debe ser sencillo quedar solo en el mundo. Desde que la casa de su amigo-amo-padre-hermano se cerró como un puño agarrotado hacia la nada, y el hombre marchó hasta las neblinas, tapadito con un puñadito de flores, seguido del breve cortejo de un autito humilde, dos motos y una bici, el animal anda como alma en pena, que seguramente es una forma de andar indagando sobre las pérdidas.
Lo he llamado, con la simple curiosidad de conectarme con su extraño mundo de ausencias arrastradas, de heridas y penas que se le caen por todos lado; me miró casi con descuido y se retiró magullando algo que sólo los perros saben qué quiere decir. Hoy ha vuelto a su barrio, a su cucha vaciada y su tapera abandonada por el miedo escalofriante de la muerte que no entiende. Una enorme puerta le ha cerrado la tarde fría en su cara. ¿Está más viejo? Juraría que más triste. No llego a comprender qué busca ahora, cuando han transcurrido casi dos años desde que se alejó de aquí, donde la vida le había clausurado el cobijo y los sentimientos.
Llovizna sobre San Juan. El linyera pasa una y otra vez por el frente de mi casa, hasta que se detiene. Me mira sin decir palabra. Del cuerpo lívido le florecen tristezas como para hacer un potrero de duelos. En los ojos lacrimosos parecen estallarle espejos de incomprensión y abandonos. ‘¿Ha visto usted un enorme perro negro que anda como buscando al alguien?’, me dice. Le respondo que sí y que me sorprende verlo por aquí, porque estaba ausente desde hace unos dos años. ¿Por qué?, le pregunto. Porque ese perro está en otra cosa, me dice; ayer se había parado frente a la que fue su casa y la gente dice que lloraba como un niño. ‘Yo le aseguro que estaba expresando su alegría’, agrega el hombre, con naturalidad. ‘Ha vuelto a ese sitio vació de la calle Zavalla su amigo-amo-hermano-compañero…’ Claro, pero en sombras, en duende, en espíritu; dicen que a arreglar algo que le quedó pendiente antes de morir. No se imagina, señor, cómo saben de esto los animales…’.
