Llegaron a Cafarnaún y el sábado siguiente Jesús entró en la sinagoga a enseñar. La gente se asombraba porque lo hacía con autoridad, no como los escribas. Había allí un hombre poseído por un espíritu inmundo, que gritó:  “¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!” Jesús le increpó: “¡Calla y sal de él!” El espíritu inmundo sacudió al hombre, dio un fuerte grito y salió de él. Todos se llenaron de estupor. Su fama se divulgó rápidamente por todas partes, en toda la Galilea (Mc 1,21-28).

 

Ruinas de Cafarnaún

Luego del relato de la vocación de los primeros cuatro discípulos (cf. Mc 1,16-20), el evangelista Marcos subraya que Jesús no está más solo.  Ahora hay una pequeña comunidad que sigue a este rabí que llega a Galilea, luego que el profeta Juan el Bautista ha sido arrestado. Marcos presenta en el evangelio de este día, cómo era una jornada vivida por Jesús y los suyos  en Cafarnaún (cf. Mc 1,21-34): una ciudad situada en el norte del mar de Galilea, lugar de paso entre Palestina, Líbano y Siria.  En esa jornada Jesús predicaba, enseñaba y encontraba a personas que debían ser liberadas del mal, y estaban necesitadas de curación.  He aquí que Marcos narra cómo era un día “tipo” de Jesús.  Es un sábado, día del Señor en que el hebreo vive el mandamiento de santificar el séptimo día (cf. Ex 20,8-11; Dt 5,12-15), y se dirige a la sinagoga para el culto.  También Jesús y los suyos van a la sinagoga de Cafarnaún donde, luego de la lectura de un texto de la Torah de Moisés (“parashà”), y de los profetas (“haftarà), un hombre adulto podía tomar la palabra y comentar lo que había sido proclamado.  Jesús es un simple creyente del pueblo de Israel, es un laico, no un sacerdote, y ejerce ese derecho.  Va al púlpito o ambón, y da una homilía, de la cual Marcos no indica el contenido, a diferencia de lo que señala Lucas respecto al comentario bíblico que Jesús hace en la sinagoga de Nazareth (cf. Lc 4,16-21).  Sucede que ahora predica con una homilía que tiene la capacidad de tener a todos despiertos y atentos; con una palabra que llega a la profundidad del corazón de sus oyentes. En definitiva, muestra tener autoridad (“exousía”) inédita y extraña.  Su palabra no es como la de los “profesionales” de la religión, que en vez de mover los corazones, mueven a la gente de sus asientos, cansados de una predicación que, además de ser aburrida, no invita a la conversión de nadie, sino a la oración pidiendo a Dios que termine lo más pronto posible. El escritor francés, François Mauriac, observaba con tono despiadado: “No hay ningún sitio en que los rostros permanezcan tan inexpresivos como en las iglesias durante los sermones”. Y el novelista americano Julien Green: “Los gestos del predicador no varían, las modulaciones de su voz son siempre las mismas. Desde la primera palabra se adivina cuál será la última, como se sabe que la última palabra de una oración es el amén”.  El filósofo católico Jean Guitton decía, ya anciano: “He calculado que en mi vida habré escuchado unos 3.000 sermones; de todos ellos, sólo 5 ó 6 los recuerdo y me sirven todavía…”. Alguien ha dicho que “el purgatorio de muchos sacerdotes va a ser el de hacerles escuchar de nuevo sus sermones”. En cambio, la de Jesús, es una palabra que “pellizca” el corazón, inquieta, convence y remueve. Es dicha con convicción y pasión, vivida antes de ser anunciada. Por algo decía el filosofo y escritor romano Seneca: “Háblame para que yo te conozca”.  

 

En segundo lugar, en el evangelio de hoy se revela Jesús luchando contra el poder del mal.  La autoridad de Jesús se muestra en un acto de liberación. El primer milagro que realizó en su vida publica fue un exorcismo.  Expulsa el poder del mal que obsesiona y se posesiona de las personas alienándolas, restituyéndoles la dignidad.  Y hace callar al espíritu inmundo, diciéndole: “Cállate, cierra la boca y sal”.  El texto del evangelio no habla del mal, sino de la Palabra de verdad que libera del mal. El mal ha sido vencido de un modo muy simple: con una Palabra que es eficaz.  Ese mal asume dos nombres: “diablo” (porque divide) y “Satanás” (porque acusa).  En cambio, el espíritu de Dios, del cual está imbuida la palabra que Jesús pronuncia, es lo contrario al espíritu del mal, porque nos pone “junto a otros”, “nos une”; y es el Paráclito, es decir, no te acusa sino que te defiende y es tu procurador.  Dios vence al mal, pero también nosotros debemos cuidar de no dejarnos morder por él.  San Pio de Pietrelcina decía: “El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena: no puede herir a nadie mas allá de lo que le permite la cadena.  Entonces, mantente lejos.  Si te acercas demasiado, te atrapará”.