Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi. ¿Por qué creemos en la Eucaristía? Algunos dudan de este sacramento y sostienen como absurda la fe que lleva a adorar a un pedazo de pan. Pero nosotros no adoramos el pan, sino una preciosa presencia misteriosa de Dios: de aquel Dios que es libre y potente para esconderse en un signo tan humilde. Lo que nos basta es saber que Cristo ha querido la Eucaristía: sobre su palabra se pone en juego nuestra confianza. Abramos una vez más el evangelio. En el capitulo sexto del evangelio de san Juan aparece la intervención de Jesús luego de la multiplicación de los panes. Dijo: "Ustedes me buscan no porque han visto signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen no por el alimento que no dura, sino por el pan que permanece hasta la vida eterna y que el Hijo del hombre les dará" (Jn 6,26-27). Estas palabras son una promesa. Y en la última Cena, según el relato unánime de los tres evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas, Jesús tomó el pan y dijo: "Tomen y coman: este es mi cuerpo" (Mt 26,26). Luego ordenó: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19). Entonces, creemos en la Eucaristía porque creemos en Cristo, y así como no nos avergonzamos de creer en Cristo, tampoco nos avergonzamos de creer en la Eucaristía. A quien duda, quisiera recordar que generaciones inmensas de hombres y mujeres han amado la Sagrada Comunión y han creído vivamente en ella. Pienso en las primeras comunidades, que con un vivo entusiasmo celebraban la Misa en las casas. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (en la actual Turquía), a inicios del siglo II escribe al emperador Trajano avisando que "un día determinado, antes del alba, los cristianos se reúnen para cantar en coro himnos a Cristo, como a un dios". El día determinado era el primero de la semana, el domingo. Los romanos lo habían denominado "diessolis" (día del sol), en honor al dios Sol, y los primeros fieles aprovecharon esta coincidencia para "orientar la celebración de ese día hacia Cristo, el verdadero sol de la humanidad": el centro de la vida. Acudir a la fracción del pan el día del Señor era una necesidad prescrita en el corazón de los bautizados.
Al amanecer del domingo, acabada la celebración de la Eucaristía, Tarcisio cruza la vía Appia en Roma para llevar la comunión a sus hermanos enfermos o encarcelados. Debía de notarse que ocultaba algo, porque unos soldados lo detienen y le obligan a enseñarles qué llevaba. Tarcisio se niega con firmeza. Contrasta la brutalidad de los comisarios con la aparente fragilidad del adolescente, que resiste la lapidación hasta yacer en tierra, abrazado a las especies eucarísticas. Tarcisio sufrió el martirio el 15 de agosto del año 257.
Pienso en san Francisco de Asís que, tembloroso, permaneció siendo diácono, y no quiso ser ordenado sacerdote porque se consideraba indigno de ser ministro de la Eucaristía. Leonardo Da Vinci, lejos de su patria, deseó recibir el sacramento de la Comunión. Pascal, con treinta y nueve años recibió el Viático llorando de alegría. Guillermo Marconi pasaba horas adorando a Jesús en el Tabernáculo sin preocuparse porque ese tiempo le restaba tiempo a sus investigaciones. Todos ellos han creído en el Misterio de la fe. Pasemos a otro interrogante: ¿qué sentido tiene la Eucaristía? Es una pregunta inquietante que cuestiona a quienes a diario celebramos la Misa. ¿De qué sirve venir a la iglesia si no se sale transformados? La Misa es una afirmación de pobreza: vamos a la celebración eucarística porque sentimos que dentro nuestro hay una inquietud que sólo Dios puede resolver. Públicamente reconocemos con la Misa, que sólo Dios puede saciar el hambre del hombre. La Misa es una afirmación de fraternidad. Nunca un gesto religioso ha afirmado de modo tan claro y fuerte la gran verdad de la igualdad humana. Todos reciben el mismo Pan, el mismo e idéntico Cristo. De parte de Dios la afirmación de igualdad es perfecta, ¿pero nosotros nos acercamos a Dios con la voluntad de eliminar barreras, rencores, distancias, privilegios e injusticias? En cada Misa nosotros recibimos una ardiente consigna y un mandato misionero para la realización de un mundo en el que nadie sea despreciado, sino que todos sean amados y respetados. En decir de la Madre Teresa de Calcuta: "Si no sabes reconocer a Cristo en los pobres, no lo sabrás reconocer ni siquiera en la Eucaristía, porque una única fe es la que ilumina los dos misterios".