Si hay una característica que distingue a la Argentina de otros países desarrollados o en vías de desarrollo es la carencia de políticas exterior de Estado, que aseguren un continuismo de las acciones de gobierno en asuntos de interés social o económico. Con el reciente cambio de gobierno, nuestro país ha encarado un proceso de reinserción en el mundo que lo obliga a entablar relaciones con países que durante años estuvieron fuera de la consideración de las autoridades, tal el caso de EEUU, Inglaterra y otros estados europeos. Cada uno de estos países han abierto cautelosamente sus puertas, pero demandan que se den muestras de un auténtico cambio en la política exterior basado en una línea de continuidad de acciones que demuestre que se trata de un país estable.
Para el diplomático Andrés Cisneros -exvicecanciller de Guido Di Tella- el origen de las políticas de Estado está en los acuerdos básicos que se establecen para que haya continuidad, ya que sin continuidad el mundo no toma a ningún país en serio. Dice también que generar una política de Estado es una tarea que demanda tiempos largos y que en un país como el nuestro, que prevé como normal la alternancia política en el manejo del Estado, debe darse la existencia de un núcleo básico de coincidencias.
La primera condición para generar una política exterior de Estado es que haya consenso interno, y eso es lo que la Argentina tendrá que lograr a la brevedad. Según Cisneros todo es cuestión de proponérselo, y de proponérselo encarándolo al mismo tiempo, en dos escenarios: tejiendo hacia afuera políticas exteriores de Estado, al mismo tiempo concentradas en la política interna.
Lo que atenta contra las políticas de Estado es el pensamiento rebelde, que se cree autosuficiente y que siempre quiere empezar de cero para no dar continuidad a una acción que podría haber llegado a ser exitosa. En nuestro país existen acabadas muestras de que este comportamiento se presenta a menudo. Las nuevas autoridades de la Nación deberán trabajar en ese sentido, generando las bases de una política exterior casi inexistente, con el fin de que los países de la comunidad internacional nos empiecen a considerar con la seriedad que siempre tendríamos que haber ostentado.
