Desde hace algo más de dos décadas, la Argentina deviene en un proceso cada vez más acelerado de la pérdida, no ya de la calidad educativa, sino de la ausencia palmariamente evidente de un sistema educativo nacional eficiente. Se podrán mostrar cifras y estadísticas oficiales y privadas que evidencian una realidad que se pretende desdibujar para el colectivo social; otras que muestran la crudeza de resultados que avergüenzan a ese sector de la sociedad que integra el arco educativo.

Se habla de inversión pública educativa, de un presupuesto entre el 5 y el 6% del PBI destinado a las políticas de inclusión del sector más vulnerable de la población a escolarizar; de incontables programas de distintos niveles y alcances pero de ignotos resultados y de innovaciones en las estructuras curriculares, modalidades y orientaciones. También de sistemas educativos al servicio de encuentros docentes elaborados a más de mil kilómetros de distancia para justificar la existencia y contratación abultadamente onerosa de tecnócratas, especialistas en educación, sociólogos y otros, pero nadie de esos efectores se encuentran en condiciones de evidenciar logros o resultados que validen la política educativa implementada en los últimos años de "consolidación de la democracia".

Además debemos resaltar la "ideologización de la educación" que ha llevado sistemáticamente a un proceso de degradación de los símbolos patrios, de las fechas patrias que se conmemoran cualquier otro día para no alterar la premisa economicista del consumismo a través de feriados puentes, feriados largos, mini vacaciones, etc., destruyendo la entidad fidedigna de los hitos que construyeron los irremplazables prohombres de la historia argentina.

Ahora se habla de educación inclusiva, la escuela inclusiva como si esta adjetivación hubiera estado ausente desde los albores de la historia. Repasemos libros, manuales, textos de todo tipo de formación literaria. Nunca se abusó de este término aplicado a la educación, y los resultados fueron sideralmente opuestos a los del presente. ¿Esto lo debemos interpretar como que antes la escuela era exclusiva? Los jóvenes egresados reconocen que el mundo laboral los excluye por falta de idoneidad. "La educación sociabilizada" desde la participación de los actores incuestionables como son los docentes se encuadró siempre en una mera opinión no vinculante pero sí necesaria para darle contexto institucional al accionar de las autoridades políticas. La estrategia definida fue aplicar la utopía de Orwell: "El lenguaje político está diseñado para lograr que las mentiras perezcan verdades y el asesino, respetable. Y para dar una apariencia de solidez al mero viento" (sic). Hasta aquí la radiografía de la educación argentina que sigue descendiendo a niveles de transformarnos en un país sin mano de obra calificada y profesionalizada. Los estándares educativos en proceso y los recursos humanos resultantes de ellos, no se pueden sintetizar desde la mera enumeración como la que precede, pero sí pone en valor a "los políticos y la educación argentina" como la bisagra de donde se produce el deterioro social que nuestro país está viviendo dentro de sus fronteras.

Ejemplos múltiples de disvalores, el rechazo sistemático al compromiso al orden social, a la cultura del trabajo y del estudio como base de una sociedad capaz de generar los anticuerpos imperiosamente necesarios para revertir, detener o vencer el avance de la degradación colectiva; nos pone en un punto donde debemos evaluar como ciudadanos, qué lugar ocupa la dirigencia política en la construcción de un porvenir en el cual se insertarán las próximas generaciones de mujeres y hombres cuando el horizonte nada prometedor para sus realizaciones personales, está en ese cercano tiempo. La política transita caminos que muestran como los "mandatos ciudadanos" se invierten en "propuestas políticas" amoldadas a ambiciones alejadas del bien común. Los profesionales de la política aspiran desde su consolidación personal a alcanzar metas ambicionales utilizando la diatriba educativa; pero si uno observa el ranking que tienen los ministerios de educación provinciales y nacional en la estructura organizacional de esos gobiernos, se puede observar que ocupan el último lugar, evidencia del grado de importancia que ostenta la educación en una gestión gubernamental. Mencionemos ese organismo nacional llamado Ministerio de Educación de la Nación que roza el absurdo de todo sentido común y ético pero que justifica su existencia sin contar con una sola escuela bajo su órbita con la "lógica política" de ser el administrador de un presupuesto multimillonario. Herramienta del poder político para aplicar "políticas educativas públicas y sociales" según la óptica del Gobierno nacional y desnaturalizando la esencia de ese estamento del Estado. Hoy, con independencia como Estado, nuevamente la historia nos llama a repensar qué sociedad queremos, a qué país aspiramos, qué nación somos capaces de construir, qué clase de valor agregado le ponemos a la vida, a la suya, a la nuestra, a la del otro.