El 1º de mayo es una fecha para la conmemoración, más que festejarla, porque marca un punto de inflexión en la historia de la humanidad al reivindicar al trabajo, la tarea más noble de la subsistencia si se la cumple con la dignidad del esfuerzo cotidiano, sin sometimientos mezquinos. El Día Internacional del Trabajo es una recordación emblemática en la conquista de derechos a costa de los llamados Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas ejecutados en 1886, por reclamar jornadas laborales de 8 horas en un estado de esclavitud.
La primera recordación de esta fecha en la Argentina fue en 1890, en un marco de reconocimiento de numerosos movimientos obreros, integrados en su mayoría por inmigrantes alemanes, italianos, españoles y portugueses, que venían a sumarse al desarrollo de este suelo al amparo de la justicia y la libertad que se les negaba en sus lugares de origen a fin de tener una existencia mejor.
Desde entonces la dignificación buscada se ha cumplido en diversas etapas, a medida que el protagonismo de los diferentes sectores involucrados en la economía han acordado las condiciones básicas del empleo, aunque con imposiciones y normas que han respondido más a especulaciones demagógicas que a otorgar auténticos derechos y garantías al trabajador.
Los altos costos laborales, verdaderas exacciones si se las compara con los aportes en naciones desarrolladas, han originado el empleo no declarado, o ‘en negro’, verdadera ignominia al trabajador porque lo margina de las prestaciones sociales básicas. Las posiciones caprichosas de las cúpulas sindicales tienen eco en la política populista, como se observa ahora en la oposición que promueve leyes para impedir los despidos y retomar la doble indemnización, poniendo un cepo a la evolución de las pymes y a nuevas inversiones.
Ningún cepo ha dado resultado en ningún lugar del mundo y menos en la Argentina, como tampoco ningún empleador se desprende de mano de obra calificada que cuesta mucho tiempo obtener. Por el contrario, las dirigencias gremiales y partidarias deben aportar ideas para que la eficiencia lleve al rendimiento y a la competitividad. El plan Primer Empleo, diseñado por el Gobierno nacional apunta a un segmento que sufre las mayores tasas de desocupación y las de menor actividad: el 17,6% de los jóvenes de hasta 24 años está desempleado. Incorporar a esta masa ociosa requiere fortalecer la educación y estímulos fiscales, pero sin atar de manos a quienes buscan superar el estancamiento productivo.
