"… asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…", reza el Preámbulo de la Constitución Nacional que había consolidado el ideal argentino. Pero las élites locales habían entendido los beneficios de la libertad como una forma más de acaparar para sí el principal medio de producción vernácula, la tierra.

El progreso material fue contundente. Así, a fines del siglo XIX, Santa Fe, uno de los estados menos desarrollados de la Confederación Argentina, logró convertirse en la segunda provincia y en el primer productor de cereales del país. Al mismo tiempo dibujó un universo de desigualdades regionales y una profunda injusticia social.

Alrededor de 1910, el sueño de muchos inmigrantes comenzó a transformarse en pesadilla, para los labriegos arrendatarios del sur de Santa Fe no sólo se volvió impensable comprar tierras sino que se encontraban sujetos a contratos desmedidos. El alquiler de un pedazo de tierra no pasaba de un año, podía ser pagado en dinero o con un porcentaje de hasta un tercio de la cosecha, embolsada y puesta en la estación del ferrocarril. Estaban obligados a comprar y vender en el almacén de ramos generales de la empresa, trillar y desgranar con sus máquinas. Los contratos estaban plagados de cláusulas coercitivas de sus libertades, los mantenían en la miseria, casi esperando todos los días ser desalojados por decisión y capricho de sus patrones. Además, las leyes condenaban toda protesta, la represión y expulsión de los extranjeros era un modo de neutralizar las influencias anarquistas.

Debido a la sequía y la langosta, a principios de 1912, la cosecha había sido mínima, los costos altísimos, impagables y la supervivencia casi imposible. Entonces, los agricultores comenzaron a reunirse en chacras, boliches, sus precarias viviendas y almacenes de la zona como el de Ángel Bujarrabal quien proveyó un sótano para las tratativas. Frente a la pesquisa policial aparecieron otras sedes, un hotel y hasta el frente de las iglesias. Los curas Netri, apoyaron a los chacareros, participaron de sus reuniones, los confortaron y les ofrecieron el asesoramiento legal de su otro hermano, el Dr. Francisco Netri para la confección de un contrato modelo. El petitorio era sencillo: menores porcentajes en los arrendamientos, una duración mínima de cinco años, que los chacareros pudieran elegir las trilladoras, que la parte del patrón se tomara de todo el cereal y no sólo del de mejor calidad, que se entregara en la chacra y no en los galpones ferroviarios.

Francisco Bulzani se convirtió en voz de los pesares de los chacareros, organizando, hablando, recorriendo las parcelas, repartiendo los manifiestos. Pero, el frío de junio se adueñaba de la vastedad del campo y de las porfías inciertas ante un contendiente tan poderoso. María Ribotti, esposa de Bulzani, al ver la indecisión de los hombres, arrojó su delantal sobre la mesa de discusión proclamando que para morirse de hambre, se moría de hambre pero sin trabajar. Una declaración tan simple casi pueril fue el detonante el 25 de junio de 1912 para el inicio de la primera huelga agraria argentina: el Grito de Alcorta, del cual hoy recordamos su centenario.

Un grito que decía basta a años de explotación. Un grito de los desposeídos de la tierra para poseerla. Un grito de inmigrantes que habían decidido ser argentinos. Muy pronto la protesta se extendió a un centenar de parajes santafesinos, el norte bonaerense, sur de Córdoba y Entre Ríos.

La pampa gringa finalmente retomó su tranquilidad, sin embargo, en poco el triunfo se desvaneció. No se dictó una ley de arrendamientos y los contratos abusivos resurgieron. Los colonos volvieron a movilizarse, una y otra vez, reclamando el amparo del Estado y pidiendo protección frente a la explotación.

En esa pequeña localidad llamada Alcorta, aquellos trabajadores rurales comprendieron que la salida sólo podía ser conjunta, debían unirse para reclamar a sus patrones y no bastaba con hacer huelga, había también que organizarse. El Grito de Alcorta marcó la irrupción de los chacareros en la política nacional y el origen de su organización gremial, la Federación Agraria Argentina, una herramienta de lucha ante los atropellos y la impunidad.