Una de las causas más comunes por las que fracasan las parejas jóvenes se debe a la creencia de que los esponsales constituyen el final y no el principio de un proceso. Es habitual que muchos novios esforzados por la creciente posibilidad de llegar al matrimonio, tiendan a disimular con buena voluntad los defectos del otro, pensando en que una vez casados se corregirá. De ese modo la preocupación pasa a ser el matrimonio "’a secas”, en abstracto, no con quien habrá de convivir, lo que supone, el resto de sus vidas. Esa visión deformada suele producir los peores resultados. La experiencia demuestra que aquellos que ingresan al casamiento pensando que han alcanzado la ventura, son los que suelen experimentar los más agudos contrastes al tener que enfrentarse con las realidades que impone la convivencia.

La tendencia a elegir dentro del espectro que marcan similares condiciones sociales, culturales y educativas es bastante unánime, lo cual, si bien instaura una base mínima, no garantiza el éxito. Lo que constituye la regla con escasas excepciones es el hecho de que, cuando los miembros de la pareja tienen diferencias culturales marcadas, las posibilidades de evitar el fracaso en la unión se reducen. Un profundo desnivel involucra una visión diferente de la vida. Cada cónyuge incorpora a la sociedad matrimonial todos los posibles fracasos y disgustos que recoge en el exterior, y a su vez, ambos se topan con los problemas que plantea la supervivencia concreta: vivienda, alimentación, parientes, placeres, aspectos económicos etc. Por otra parte, el actual estilo de vida en que la simulación es un ingrediente fundamental en la relación de muchos individuos, tiene injerencias inevitables en la estructura de los protagonistas, que para estar bien cimentada precisa un mínimo de sinceridad. Las normas por las cuales se rige la sociedad de consumo, también someten al matrimonio a un constante bombardeo que pone a prueba el equilibrio y la capacidad de absorción de él y de ella. En tal sentido, la sistemática incitación a embarcarse en la enloquecida carrera de ganar más para tener más conduce a estados de tensión en ocasiones insostenibles. Además, la elevación del sexo a la categoría de artículo de consumo y difusión masiva es también responsable del agravamiento de ciertas situaciones. Ocurre que en la vida de toda pareja suele llegar un instante en que, si no median vínculos de unión más trascendentes, la relación íntima corre el riesgo de no despertar expectativas y volverse rutinaria: surge la necesidad de nuevas experiencias.

En algunos casos, el eje fundamental de la relación son los hijos que, en lugar de constituir el feliz producto de una unión sana, se transforman en el único sostén de una relación muerta.

(*) Escritor.