Aún permanece vivo el recuerdo de la violenta reacción del presidente Recep Tayyp Erdogan, cuando hace poco más de un año el Papa Francisco pronunció un breve discurso en memoria del ‘holocausto armenio”, perpetrado por los turcos hace cien años. ‘Non existe familia Armenia todavía hoy, que no haya perdido en aquél evento alguno de sus seres más queridos. En verdad aquello fue el Medz Yeghern, el Gran Mal, como han llamado ustedes a esa tragedia”.
Con gesto y palabras, el primer mandatario turco reaccionó con furia verbal, entendiendo así defender a su pueblo, a su propia identidad. Para muchos turcos es todavía una herida abierta, no cicatrizada por todos. Para cierto oficialismo, el sustantivo ‘genocidio” es entendido como impropio y no aplicable a la cuestión Armenia.
Para cierta orgullosa historiografía nacional la masacre planificada de más de un millón y medio de armenios y de otros cientos de miles de cristianos orientales de diversas denominaciones, es vista como un efecto colateral de la gran revolución que llevó a la disolución del Imperio Otomano. Una masacre que los Jóvenes Turcos en ejercicio del poder llevaron a cabo desde abril de 1915 en adelante contra la minoría armenia arrestando y deportando miles de familias e inaugurando casi, una prueba general de las deportaciones con las cuales treinta años más tarde los nazis exterminaron a miles de judíos, transfiriéndolos de un campo de concentración a otro.
Aunque la República Turca -sucesora del Imperio Otomano- no niega la masacre de civiles armenios, descree que fue expresión de un plan premeditado, y afirma que se debió a las luchas interétnicas, las enfermedades y el hambre, durante el confuso período de la primera Guerra Mundial. Pero no sólo la Santa Sede ha reconocido el genocidio. Ya 29 países del mundo, con la extraña y aún escandalosa excepción de Estados Unidos, han reconocido oficialmente el trágico hecho.
En el 2001 fue el mismo Juan Pablo II quien recordó ‘el exterminio de un millón y medio de cristianos armenios y el sucesivo aniquilamiento de miles de personas bajo el régimen totalitario”.
El negacionismo turco encuentra raíces desde lejos. Hasta el 2008 el artículo 301 del Código penal turco contemplaba ‘la Ofensa a la cultura turca”, que implicaba poner en prisión y llevar a cabo un proceso penal contra periodistas y escritores que hablasen sobre el genocidio armenio. Ello ocurrió, entre otros, con el Premio Nobel Orhan Pamuk. ‘Cuando los políticos y religiosos se hacen cargo de la tarea de los historiadores, no dicen la verdad, sino estupideces”, sentenció Erdogan un año atrás. Cabe mencionar que recientemente también Berlín aprobó la resolución que define como ‘genocidio”, la masacre de los armenios por parte del Imperio Otomano.
Erdogan quiere entrar como Estado a formar parte de la Unión Europea. Pero ha de reconocer algunos valores de las democracias occidentales: el repudio de la pena de muerte, el respeto de las minorías, la libertad de prensa, los derechos fundamentales del hombre y de la mujer, el derecho de ejercer libremente el propio pensamiento. Es bueno reconciliarse con el propio pasado. Como ha hecho Alemania con la Shoah, sin perder por ello, nada de la identidad ni el propio orgullo, sino simplemente reconociendo la responsabilidad histórica.
De los errores se aprende y puede vislumbrarse un futuro mejor. ¿No es acaso la paz un deseo de todos los seres humanos y de los pueblos? Pero toda reconciliación supone la humildad de aceptar el trigo y la cizaña presentes en el barro de la historia. Incluso la Iglesia pidió perdón por incoherencias e infidelidades de sus hijos en el camino de las violencias del ayer.

