La cristiandad celebra en la fecha los 50 años del Concilio Vaticano II, considerado como un hito histórico de la Iglesia dentro de su evolución a través de los tiempos, y del que participaron 2.450 obispos de todo el mundo, incluyendo los del ex bloque soviético, que fueron autorizados a salir y regresar a sus respectivos países, como también teólogos y representantes de otros credos en calidad de observadores.
Para expresar la magnitud del Vaticano II, basta señalar que los anteriores concilios, como el de Calcedonia (año 451) contó con 200 participantes y el de Trento (entre 1545 y 1563) unos 950 y en cuanto a catolicidad, fue la primera vez que participaron de modo sustancial los obispos no europeos, en particular africanos y asiáticos. Con esta multitudinaria participación, la Iglesia trazó líneas para adecuar a los tiempos la custodia del depósito de la fe católica frente a la situación del mundo y atender el ecumenismo ante la trascendencia de un cónclave que se desarrolló en latín y al que asistieron también miembros de otras confesiones religiosas cristianas.
El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión cuyas conclusiones permiten a la Iglesia enfrentar a las contingencias del tercer milenio ya que como señaló ayer el papa Benedicto XVI, los documentos emanados de ese gran evento eclesial "son la brújula que permiten a la Iglesia navegar en mar abierto en medio de las tempestades o aguas calmas y tranquilas para desplazarse de manera segura y llegar a la meta”.
Joseph Ratzinger, de 85 años, fue un activo participante de este concilio cuando era un joven profesor de teología y por ello un testigo directo del desarrollo y la puesta en marcha de las políticas surgidas del Vaticano II, las que se continúan aplicando y ahora bajo su mirada como jefe de la Iglesia. No obstante, el Papa ha expresado que a veces el Vaticano II desató "un utopismo anárquico entre algunos miembros de la Iglesia convencido de que todo sería nuevo” y que se han cometido numerosos abusos de la liturgia, por lo que ha reclamado al clero que vuelva a releer sus dictados para mantener la fe de una manera renovada, más incisiva, porque el mundo cambia rápidamente, "pero manteniendo intactos sus contenidos perennes, sin ceder y sin compromisos”.
Ratzinger abrirá este jueves solemnemente el Año de la Fe, en conmemoración del Vaticano II, porque dijo estar convencido de que el hombre de hoy debe aprender la lección más sencilla y fundamental del concilio: la fe en Dios.
