A pocos días de haberse recordado el 68 aniversario del terremoto de 1944, hay una vivencia a la que deseo referirme. De la mano de mi padre, bajé del tren en la estación de Mendoza. Lloviznaba. El espíritu de un aroma diferente me indicaba que era éste un lugar no explorado. Encontré la estación más grande que la nuestra. El trayecto de llegada, que los vagones transitaban lentos, mostraba muchísima edificación desde el departamento Las Heras hasta la ciudad. Bajamos hacia el centro por una calle que se me antojó lustrada por la persistente fina llovizna. A medida que avanzábamos me impresionaba esta ciudad totalmente edificada, de pie, con edificios nuevos y viejos, pero totalmente de pie. Entonces se me vino al pecho una especie de itinerario de tristeza, comparando esto con la ciudad de San Juan, a unos diez años del terremoto, casi totalmente en el suelo.

San Juan era un inmenso baldío marcado por escasos lunares de chatos edificios que se erigían porfiando la nueva vida y construcciones que milagrosamente habían quedado en pie. Las calles conducían a laberintos de penumbras, cercadas por constantes terrenos vacíos y otros donde aún se erigían ruinas como cicatrices, montículos de desechos que durarían por varios años, abandonados por la desesperación de gente que había dejado sus casas y su historia en el suelo, y tomaba otros rumbos.

La incipiente arboleda (desfiladero de plátanos infantes) daba la impresión de los pueblos recién fundados. Las pocas casas porfiaban por no entrar en la nueva línea, como amarradas a un pasado que se les había volado de las entrañas, y que no era cuestión de resignar por esos imperativos del progreso. Con el tiempo, algunos baldíos se encerraron como ostras para esconder "la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser’. Durante varios años, San Juan fue una ciudad de terrenos cercados y construcciones vacilantes. Chata quedó durante un tiempo, bajo el terror de privarse de aspirar hacia el cielo (como otras ciudades), para que un nuevo cataclismo no la volviera de nuevo a las ruinas y la paranoia.

Han pasado húmedos años bajo las acequias casi envejecidas. Los plátanos casi gigantes han fundado el nuevo reino de las alergias, pero defienden las sombras de los infiernos estivales. De a poco nos hemos animado a elevar las construcciones indagando de nuevo sobre aquel perdido cielo. Las calles -se me antoja- tienen la misma coloratura y brillo de aquellas de la Mendoza que conocí de niño de la mano hoy ausente de mi padre. El progreso se ha puesto la ropa de fajina y lujo, y lo que ayer fue estrago hoy es estallido de cosas nuevas y relámpago de fortalezas. Creo que San Juan no ha podido ser doblegada. A pesar de voces que tienen otra opinión, creo que ha superado el trauma de la catástrofe, y marcha por buenos senderos, sin "la frente marchita".

"De aquí no me iré", reza el viejo poema que sangraba casi instantes después de la pesadilla, y sigue con vigencia. Se levanta y anda, San Juan. En mi memoria de niño asombrado sólo queda como una anécdota florida la llegada de mis asombros a Mendoza. Hoy mis ojos de hombre han fortalecido los dañados espejos del alma, y cada vez que voy a la provincia hermana encuentro menos contrastes y más coincidencias. Así sea por los sueños de los sueños, porque yo también decidí (siempre) quedarme aquí. Todavía late en mi corazón la frase casi dolorosa de Oscar Valle, el líder de los Quilla Huasi, cuando casi nos imploraba que nos radicáramos con nuestra música en Buenos Aires, sospechando que no era ese nuestro gusto. Aquí nos quedamos, y no estamos arrepentidos. Comprobamos con orgullo que la música y el gesto humano también pueden exportarse desde una provincia que quedó en el suelo, pero que siempre aspiró a ser luz.