Pocos días han pasado del deceso de quien fuera premio Nobel de Medicina, la célebre Rita Levi Montalcini. Falleció en Roma, a la edad de 103 años, el pasado 30 de diciembre. Muchos años atrás, en 1986, mientras recibía la prestigiosa distinción del Nobel de manos del Rey de Suecia, quién sabe si recordaba aquellos consejos de algún profesor suyo, quien le sugirió que su camino no era el del laboratorio ni la investigación. Tanto fue así, que Rita pensó un tiempo en dedicarse al oficio de escritora. Pero quiso la vida y su empeño tozudo, que fuera perseverante en la tarea inicial, y así se vio proyectada en el Olimpo de los grandes científicos del siglo XX.

Rita Levi Montalcini ha dedicado su larga vida a la causa de la ciencia, pero el trabajo científico no le ha impedido tomar parte activa en la vida social europea. Nominada por el ex presidente de Italia Carlo Azeglio Ciampi, senadora vitalicia, "por haber ilustrado la Patria con altísimos méritos en el campo científico y social”, fue también miembro de la Academia de los Linces, socia fundadora de la Fundación "Idis-Ciudad de la Ciencia” y primer mujer admitida en la Pontificia Academia de las Ciencias, en 1974.

Nacida en Turín el 22 de abril de 1909. Su padre Adamo Levi, fue ingeniero electrotécnico y su madre, Adele, pintora. Rita cursó estudios en la facultad de medicina de aquella ciudad. Fue alumna del histólogo Giuseppe Levi y trabó amistad con Salvador Luria y Renato Dulbecco, también ellos futuros Nobel de la medicina. Médica en 1936, esta mujer judía nunca contrajo matrimonio, y se dedicó por completo a la neurología y a la psiquiatría, pero a causa de las leyes antirraciales, emigró a Bélgica.

Volvió a Turín, en plena guerra mundial, en 1940, y armó un pequeño laboratorio para continuar sus estudios sobre el sistema nervioso, "una jungla impenetrable”, según solía decir.

Trabajó en su oficio en un campo de prófugos de Florencia y en el otoño de 1947, se estableció en Estados Unidos, en Saint Louis. Allí se dedicó a la investigación que la llevó a descubrir la Nerve Growth Factor, proteína que estimula y regula el crecimiento de células nerviosas. "Antes de su descubrimiento -declaró la médica- yo sabía que existía y que en algún lugar debía estar”.

Este descubrimiento de Levi Montalcini está hoy en la base de la moderna neurobiología, y ha revolucionado el concepto mismo de cerebro. Antes, éste era tenido como un órgano extraordinariamente complejo pero incapaz de modelarse y regenerarse. La Nerve Growht Factor es una proteína con potencialidades extraordinarias y sus aplicaciones hoy están vinculadas al Alzheimer y al tratamiento de la esclerosis múltiple. También se la ha usado para frenar el desarrollo del glaucoma. Y hasta se le ha dado en llamar la "molécula de los enamorados”, porque pareciera que dicha proteína acusa su presencia en mayor grado en las primeras etapas del enamoramiento.

Estaba en contra, lamentablemente, de la ley 40, que prohibe casi en todo la reproducción artificial en Italia. Se consideró siempre atea, pero su ateísmo fue sui generis. Declaraba, de hecho, de creer en el mismo Dios en el que creía Einstein, el Dios de Baruch Spinoza. Un Dios que es Misterio, pero no Misterio Santo. Su creencia coincidía con entender la vida como solidaridad ética.

Con su hermana Paola, y en honor a la memoria de su padre, instituyó en 1992 la Fundación Levi Montalcini, que otorga becas de estudio a estudiantes africanas, con la idea de que luego regresen a sus lugares de origen a dar impulso a sus propios conciudadanos. Un ejemplo de mujer, de científica, de fortaleza y solidaridad.