De distintas formas o maneras, el hombre siempre cantó a la primavera, tanto que en todas las artes puras creadas para deleite humano existe algún motivo que la señala. La pintura, del clasicismo (siglos XV y XVI) cuenta con una acabada muestra de ello, reverenciada por su esplendidez, por su perfección, por su motivación y contenido; Es la "Alegoría de la Primavera”, de Sandro Botticelli.
Este pintor florentino vivió entre 1445 y 1510, pasando la mayor parte de su vida en Florencia, capital de la Toscana (Italia), llamada la "Florencia de los Medici”, dado que esa familia de poderosos banqueros la gobernó por largos años, desde 1434. En 1469, Lorenzo I de Medici, llamado "El Magnífico”, comienza su reinado, que compartió con su hermano Julio.
Lorenzo tiene veintiún años, y Julio diecisiete. En ese tiempo Botticelli, con veinticinco años y toda la fuerza de su pasión, entra bajo la protección de Lorenzo I, que era poeta y se configuraba como mecenas del arte y de las letras. Desde entonces, y hasta casi el fin de su vida, Botticelli será el protegido de los Medici.
Entre todas sus obras -además de "Marte y Venus” (1485)- hay dos reconocidas universalmente por su talante netamente mitológico y simbólico: "Alegoría de la Primavera” -nombre con el que le fue encargada- (1478-205×314 cm.), y "Nacimiento de Venus” (1485-175×279 cm.). "La Primavera” -más se la conoce así- es ejemplo concreto de la pureza y fuerza creativa de Botticelli, quien derramó en ella toda su compenetrada espiritualidad, y su amplio conocimiento de la mitología grecolatina.
Esa esplendente pintura encierra una secuencia mitológica del acaecimiento primaveral, creada por Botticelli. El cuadro, sobre un fondo de frondosa vegetación, nos muestra en primer término -desde la derecha- la presencia de Céfiro, confundido con el color de la naturaleza -es un elemento-, dios del viento e hijo de la Aurora, soplando sobre la fisonomía de Cloris -diosa de las flores y los jardines- para conquistarla, y a la que hizo su esposa y le dio juventud eterna. De la boca de Cloris emergen flores enramadas, invención poética que habla de su enlace perenne con la Primavera, a quien roza con sus manos, y que está deliciosamente representada a su lado por una bellísima deidad, que caminando entra en escena ataviada con un vaporoso atuendo enflorado.
En el centro, como invitada de honor, está Venus (Afrodita, griega), diosa del amor y de la belleza, que, con gesto tradicional de bendición, consagra a la Primavera. Pasado el centro del cuadro está el grupo de "las Gracias” (Carites, en griego), tres divinidades subalternas, hijas de Venus y de Baco (dios romano del vino), llamadas Áglae, Talía y Éfrosine, que representan toda clase de prosperidades, y la gratitud.
El personaje en el extremo izquierdo es Mercurio, dios de la inteligencia astuta y del comercio, inventor de la lira y de la flauta siringa, dios mensajero entre dioses y hombres -de ahí su presencia-, que en reparo de la Primavera, con sus influjos eleva hacia el cielo su caduceo -vara larga con dos serpientes entrelazadas, atributo de sus poderes-, con el que desecha las nubes invernales.
Sobre Venus vemos un querube que es Eros (Cupido, latino), dios del amor sensual que lleva a la prolongación de la especie, su poder actúa igual sobre dioses y mortales, y con los ojos vendados y su arco y sus flechas, atravesando el corazón produce amor apasionado, o rotunda aversión.
La obra es un grupo pictórico de incomparable lucimiento. En el rostro que de la Primavera pintó Botticelli, está representado el mujeril candor de una núbil de inusitada y sutil hermosura, de apariencia plácida y encantadora, una fusión de luz en un semblante que ofrece la luciente preciosidad de un paisaje primaveral, devenido en mujer.
