"Morir no es otra cosa que cambiar de residencia", decía el emperador y filósofo romano Marco Aurelio (Roma, 121 – Viena, 181) No es la frase de un cristiano. Nunca lo fue. En realidad, durante su gobierno reprimió las manifestaciones públicas de los cristianos. Inclusive llegó a castigarlos cuando se negaban a practicar los ritos del culto pagano. Sin embargo, su frase encierra una verdad de contenido religioso: la pervivencia del alma después de la muerte (Eclesiastés 12,7). Claro que en Marco Aurelio fue un conocimiento intuitivo. Ciertamente, hay una creencia arraigada en la conciencia espontánea sobre la inmortalidad del alma. Es una percepción, casi irreflexiva, sobre la vida después de la muerte. El domingo pasado pude comprobarlo.

DESPIDIENDO A ROZÍN

El programa por un canal de televisión abierta, daba su último adiós a quien fuera su creador y conductor: Gerardo Rozín. Los artistas invitados rindieron un sentido homenaje a través de la música y la palabra. Pero lo más notable fue el común denominador en todos los discursos. – ¡Dónde estés Gerardo!; – ¡Dónde te encuentres ahora!; – ¡Dónde habite tu alma! Fueron variaciones de una misma idea que repitieron con dolor y esperanza. El dolor por el adiós y la esperanza ante un posible reencuentro. En la otra vida, en la otra dimensión, cada cual hablaba desde sus convicciones. Lo cierto es que, tras aquellas sentidas palabras, se pudo percibir un claro mensaje: más que morir, Rozín cambió de residencia.

LA INMORTALIDAD DEL ALMA

El filósofo Jacques Maritain (París, 1882-Toulouse, 1973) sostenía sobre este tema, que existe una especie de conocimiento natural e instintivo de la pervivencia del alma más allá de la muerte. Un conocimiento intuitivo inscripto en nuestra estructura ontológica, ajeno a conocimientos filosóficos o credos religiosos ("De Bergson a Sto. Tomás de Aquino" club de lectores, Bs. As.1946 pág. 116). Con más espontaneidad que racionalidad, estimamos creíble que nuestra alma es imperecedera y habita en otro lugar sobrevenida la muerte. De alguna manera, nuestra inteligencia sabe de cosas antes de pensar en ellas. Luego la razón probará la pervivencia del alma por su absoluta simplicidad. Efectivamente, la muerte implica necesariamente la descomposición del cuerpo. Pero- ¿acarrea también el fin de nuestra alma? ¿Cómo podría disolverse/ descomponerse en partes lo que no está compuesto de partes? De alguna forma, la razón encuentra razones que afirman una verdad, que ya intuía. La pervivencia del alma después de la muerte, es uno de esas intuiciones.

Prueba de ello lo representan las creencias de los pueblos primitivos que, a través de sus ritos funerarios manifestaban su solicitud por los muertos y por sus vidas más allá de la muerte. Los documentos históricos demuestran la creencia en la inmortalidad del alma en épocas remotas: "Además de las herramientas se encuentran otras pruebas de la humanización, pruebas más impresionantes aún: los sepulcros". No sólo el Neandertaliano entierra sus muertos, sino que a menudo los reúne: testimonio de ello es el sepulcro de los Niños cerca de Menton" (Lecomte du Noüy, L’Avenir de l’Esprit, p.188, New York, Brenatano’s,1943. cit. por Maritain, p.119) Pero Maritain dio un paso más: la pervivencia del alma no era únicamente algo instintivo. "Se trata de la aurora del pensamiento humano que se manifiesta por una especie de rebelión contra la muerte. Y la rebelión contra la muerte implica el amor por los desaparecidos y la esperanza de que esa desaparición no será definitiva". 

Debo confesar el regocijo que sentí al escuchar a los artistas hablar de la muerte en esos términos. Es esperanzador constatar que la apertura a la trascendencia es una llama arraigada en nuestro ser que no se apaga. Como bien dice el refrán atribuido al escritor indio Rabindranath Tagore (1861-1941): "La muerte no está extinguiendo la luz; sólo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer".

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo