Si la sal preserva de la corrupción y el sin sabor, la luz origina vida y calor. Esta es la misión del cristiano: dar sabor a la vida y ser lámpara encendida.  


Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo (Mt 5,13-16). 


En el ambiente judío, la sal, gracias a su poder de conservar los alimentos y de darles sabor, era considerado portador de una particular fuerza. Otro uso, común a las culturas mediterráneas, era el de la purificación para la desinfección. Unido a esto, no era difícil pasar al uso apotropaico de la sal; es decir, empleado para alejar el mal, los malos espíritus o una acción mágica maligna. El ser sal, indica la identidad de la comunidad de los discípulos. La segunda imagen del evangelio hacia la comunidad, es la de la luz. La Iglesia es luna que ilumina, no porque tenga luz propia, sino porque la recibe del sol, Cristo. Esa era la imagen predilecta de Orígenes (185-254), Padre de la Iglesia oriental. El texto de hoy concluye diciendo: "Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo". El texto griego habla de "obras" (erga) "bellas" (kal"a). Las primeras se refieren a un estilo de vida marcado por las bienaventuranzas. La belleza significa que esas obras deberán estar marcadas por el esplendor de la bondad que origina concordia y armonía. Si la sal preserva de la corrupción y el sin sabor, la luz origina vida y calor. Esta es la misión del cristiano: dar sabor a la vida y ser lámpara encendida.  


Una anécdota de la Madre Teresa de Calcuta ilustra la página evangélica de hoy. "Nunca olvidaré la primera vez que llegué a Bourke, en Virginia, a visitar a las hermanas. Fuimos a las afueras. Allí había una gran reserva donde los aborígenes vivían en esas pequeñas chozas hechas de hojalata, cartones viejos y demás. Entré en uno de esos pequeños cuchitriles. Lo llamo casa, pero en realidad era sólo una habitación y dentro de la habitación estaba todo. Le dije al hombre que vivía allí "Por favor, deje que le haga la cama, que lave su ropa, que limpie su cuarto'.

 

Él no cesaba de decir: "estoy bien, estoy bien'. "Pero estará mejor si me deja hacerlo", le dije. Por fin me lo permitió, de tal modo que, al final, sacó del bolsillo un sobre viejo, que contenía un sobre y otro más. Empezó a abrir uno tras otro y dentro había una pequeña fotografía de su padre, que me mostró para que la viera. Miré la foto, le miré a él, y le dije "Usted se parece mucho a su padre". Rebosaba de alegría de que yo pudiera ver el parecido de su padre en su rostro. Bendije la foto y se la entregué, y otra vez un sobre, un segundo sobre y un tercer sobre, y la foto volvió de nuevo al bolsillo, cerca de su corazón. Después de limpiar la habitación en una esquina encontré una gran lámpara llena de polvo, y le dije: "¿No enciende ésta lámpara tan bonita?". El contestó: "¿Para qué?, hace meses que nadie ha venido a verme. ¿para quién la voy a encender". Entonces le dije: "¿La encendería si las Hermanas vinieran a verle?". Y el respondió "Sí". Las hermanas comenzaron a ir a verle sólo durante 5 o 10 minutos al día, pero empezaron a encender esa lámpara. Después de un tiempo, él se fue acostumbrando a encenderla. Poco a poco, las Hermanas dejaron de ir. Pero al pasar por la mañana le veían. Después me olvidé de esto, pero al cabo de dos años, el mandó que me dijeran: "Díganle a la Madre Teresa, que la Luz que ella encendió en mi vida, sigue ardiendo". 


Dicen que, en sus últimos años, a san Juan María Vianney, el Cura de Ars, sin dientes y sin dentadura, cuando hablaba, no se le entendía nada. Y, sin embargo, después de verlo celebrar la Misa y escuchar su prédica ininteligible, la gente salía llorando, conmovida, dispuesta a mejorar, a cambiar de vida, tocada misteriosamente por algo que iba más allá de las palabras y surgía de su presencia de santo. En eso se fija el mundo, eso miran los demás. No las declaraciones que hacemos, los panfletos que tiramos, las protestas grandilocuentes que proferimos. Más vale un santo mudo que un charlatán de sacristía.